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José Kozer: el tejido poético impide a las palabras escapar

¿Qué nos mantiene atrapados en la poesía del cubano José Kozer? ¿Los números inscriptos en ella como el farol de una casa, que brilla y anticipa la casa, su calor? ¿Lo que es posible atisbar por las ventanas? ¿La autoridad espigada de su cuerpo, de su voz? ¿El placer de ese ángulo insólito que nos revela el bienestar o la irritación de las vísceras? ¿Eso que nos obliga a asentir, a acordar con sus versos largos que se van soltando hasta formar una madeja?

Hijo de inmigrantes judíos, despojado de un hogar lingüístico en el sentido que George Steiner le diera a este término, Kozer escribe poemas para vivir en ellos. Rodeado la mayor parte de su vida por los sonidos del inglés, el poeta prolífico escribe para vivir en español. Así, sus números y sus letras expanden los libros propios dentro de los libros heredados: la biblia de los abuelos, los libros rojos del padre, las postales del álbum familiar, los otros literarios. Esa ondulada y tensa oración en la que Kozer inscribe e imagina su poesía sin nación, sin nacionalidad, se despliega al calor de la charla:

 

Jose Kozer

Still from film “Me, Japanese (demo)“, by Malena Barrios

 

En el poema “Reino”, incluido en Un asterisco Polonia (Audisea, 2016) hay unos versos que dicen “a la izquierda está Cuba/ a la derecha una puerta/de salida, no se ve un/alma: en lo adelante/ tendré que fabricarlo todo” ¿Qué es necesario fabricar para convertirse en un poeta?

Nada que fabricar, y mucho menos convertirse en un poeta. Si un poeta tiene que convertirse en poeta mejor que se dedique a cultivar puerros o a mercachifle de trapos, el poeta nace ab origine, ab ovo poeta, en un momento dado tiene que reconocerlo, y reconocerlo en cuanto vocación: dirimir con toda honradez intelectual, espiritual, si tiene talento para una vida de devoción a la poesía, esa extraña y bastante irreal actividad que matando da vida y es como toda situación artística a medias irreal y por encima de todo bastante indefinida. Un poeta no lo es todo el tiempo sino a ratos, unos más, otros menos, un poema se hace en media hora, el día tiene veinticuatro horas, de modo que realizado el acto de escritura poética, se pasa de inmediato, y eso es arduo, a la corriente y cotidiana condición de ciudadano ajeno a la poesía: el que se gana la vida con algún tipo de trabajo, el que pertenece a una familia, trae hijos al mundo. O nada de lo anterior: hace su vida otra ajena a la poesía a su manera, en muchas ocasiones siguiendo pautas relacionadas con la noción de poeta, por ejemplo, vida bohemia, tradición alcohólica, de drogas, de reventones y locuras entre compinches, desafueros y demás. Todo lo cual me parece en este momento histórico ha cambiado o ha tomado otro camino: el poeta más bien está en su casa, bastante solo, en el mejor de los casos con una familia bien avenida, y luego de su poema, y luego de sus libros y horarios dedicados a la poesía, pasa la mayor parte del tiempo ganándose los frijoles, viendo como evadir impuestos, no meterse en demasiados líos con los demás. Todo lo cual es su fábrica, el ojo puesto en el poema, en cuanto fabricación.

El verso citado es un poco en blanco y negro, a la izquierda Cuba (me hace sonreír que se dice a la izquierda como si se tratara de una manifestación política, de por sí ya compleja) y del otro lado esa puerta de salida donde no se ve un alma. Que no se vea un alma no quiere decir que no haya nadie, puede significar que no se ve un alma porque no hay alma, o porque las almas en ese lugar que no es Cuba y está a la derecha, son fantasmagóricas. Cuba entonces es el lugar de nacimiento y de existencia del que escribe esas palabras, y la puerta de salida, que por definición no deja de ser una puerta de entrada, es la Muerte. Y ante la Muerte, a diferencia de la gestación de un poema, hay que fabricarlo todo porque no sabemos nada. Hay que fabricar a Dios, la idea de la Resurrección, de la Vida Eterna, de la continuidad en un sitio otro, Purgatorio, Paraíso o por el contrario el Infierno “tan temido”. Ahí es donde se fabrica. Ésa es nuestra mayor construcción, la que en el peor de los casos nace de la desesperación, y la que en un mejor caso nace de la curiosidad intelectual y la idea de una continuidad que según la visión en la que se inserte la persona puede implicar la disolución del individuo en la Nada, o la vida que continúa más allá de la muerte para ese individuo, y que se vislumbra desde esta orilla como esperanza, consuelo, siempre incertidumbre. Pero el poema no es fabricación sino hecho gestado desde una ignorancia supina, a lo sumo oficio, trabajo, disciplina, otra forma artística de manifestarse, una arquitectura sin duda, pero hecha de argamasa lingüística y no de sillares ni de piedras de larga, muy larga duración.

 

Un asterisco Polonia

 

Dime cómo imaginas el mundo y te diré en qué orden te incluyes, a qué sentido perteneces, escribió alguna vez Severo Sarduy. Durante mucho tiempo se vinculó tu poesía con el Neobarroco. ¿Qué dirías hoy que fue el Neobarroco? ¿Un método? ¿Una matriz interpretativa? ¿Una lista alocada? ¿Una red?

El Neobarroco ha sido y es una de varias maneras de enfrentar el mundo, actualizarlo desde una cierta tradición europea y muy de la lengua española, rehaciendo, rectificando, reconfigurando los espacios de creación artística, poética (en mi caso) y en última instancia espiritual, y desde lo espiritual con una fuerte vertiente religiosa, no en sentido ortodoxo sino abierto a las diversas corrientes que conforman, en parte confirman, el mundo actual, su realidad. Más que un método me parece ser una manera, algo que al suscitarse la escritura se pone de manifiesto por necesidad interior, y que procura abarcar al máximo, dosificando lo que más se acerca a una totalidad, a fin de ingresar en su espacio, por la vía del lenguaje y sus raigambres (vocabulario, retórica, sintaxis, estructuras, denotaciones, connotaciones) como disimilitudes, desconfianzas, riesgos y saltos de materia inesperada, incluyendo materiales de toda índole, desde los denominados al modo clásico como poéticos, a los excrementicios y de acarreo: la basura y la vicisitud de lo que se descompone, y que siendo parte de la realidad, se ha tendido a excluir, o a no combinar con los materiales poéticos, por considerarse feos, de segunda categoría, y pertenecientes a zonas y orbes de los que mejor es no hablar. Olvidando que, por ejemplo, si comer es importante, y uno de los grandes gustos a que la humanidad se dedica, es por igual importante hacer una buena digestión, excretar lo residual, descargar lo que de lo contario enfermaría, mataría a la persona, de manera que tanto se debiera poetizar y agradecer al riñón su función, a los movimientos peristálticos la suya, y no ningunearlos, no temerles ni desdeñarlos, ya que ellos ocupan un sitio alto por ahí abajo, y tienen su razón de ser en un texto literario donde no se les relega a la condición de ciudadano de segunda categoría, sino que se le trata en igualdad de condiciones a la hermosura de la Amada, el trinar del ave, el brote de la orquídea, la asunción por la vía del loto, o la fulguración de la plata o del pan bajo el deslumbrante sol de todos los días.  Y todo ello como parte de una manera de escribir y no como un método: por lo segundo se entiende un programa, y los programas con su tendencia a la rigidez y al anquilosamiento matan toda espontaneidad de escritura, mientras que una manera no es sino algo del momento, en sucesión de momentos, que se suscita de por sí y en sí, sin nada de apriorístico, nada de pautas a seguir; al revés, todo resulta inesperado, riesgoso, y hasta sorprendente para quien hace la escritura: lo cual para mí, desde una constancia de trabajo, es lo que más me maravilla y aprecio del momento de gestación poética; es decir, como sin proponérmelo ni de proponerme nada de particular, el texto va apareciendo, surgiendo de una nada, de un desconocimiento, que dicta y varía, sostiene y continúa, termina y desaparece. En su disolución está mi Nada y mi alegría.

Red, por qué no. La red captura y respira ya que se compone de agujeros y espacios concatenados de los que en principio el pez, que nosotros necesitamos para vivir, no se escapa, como el tejido poético impide a las palabras escapar, y así las obliga a configurarse en estructura, verso, estrofa, modulación, música y ruptura, variedad en la unidad, unión de lo humano con lo divino (es un decir). Red que es matriz interpretativa de dos hechos fundamentales: la realidad que nos toca vivir en todos sus aspectos y el propio poema, ya que metapoéticamente hablando una de las funciones de la poesía es verse a sí misma, conocer su naturaleza verdadera (si hay tal cosa) interpretarse y ver qué o quién es o para que ocurre, ya que ocurre, en el mundo. Red que no es lista alocada, el Neobarroco nada tiene de alocado, al contrario, ordena, genera orden, altera para reconfigurar, y hasta me atrevería a decir que mejora la realidad, la puebla y enaltece, la disemina. Para mí la escritura es muchas cosas pero nunca locura ni caos gratuito: al contrario, y ya a mis años, puedo decir que le debo una fuerte dosis de cordura, sentido de la realidad histórica y circunstancial, ya que no trascendental y metafísica. Tengo bastante buena salud, dado que me cuido, dado que respeto y amo la vida, el cuerpo, la hibridez de todo cuerpo, su compleja condición de vísceras y desconciertos, temores y aceptaciones: y esa salud a la que me refiero, y que me ayuda a mejor vivir, se la debo en parte asimismo a la poesía, a su práctica (se trata a estas alturas en efecto para mí de una práctica) y desde una naturalidad y espontaneidad compartir el espacio que me ha tocado vivir, y dándonos la mano, irnos diluyendo juntos, juntos cantando, sin atorarnos demasiado, más bien agradecidos de haber podido pasar una parte de la vida en ese ejercicio, esa diaria calistenia a la que tanto debo.

 

A más de veinte años de la publicación de Medusario, muestra latinoamericana de poesía, ¿Cómo ves el panorama de “esa vitalidad desesperada” que es muchas veces la poesía latinoamericana actual?

A mi juicio hay en lengua española y en América Latina (a incluir Brasil y la lengua portuguesa) una auténtica vitalidad que en cierta medida, parcial por supuesto, arranca a diversos niveles de lenguaje y de actitud ante la poesía, de la muestra que llamamos Medusario. Se manifiesta principalmente entre los jóvenes, poetas entre 20 y 40 años de edad, trabajando en todos los países del continente de habla española y portuguesa, quizás con focos más fuertes y localizables en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba. Han pegado un visible viraje ante el oficio de escritura poética: ponen de lado un ego que enaltece al poeta por encima de todo y de todos, y que hiciera de la bohemia y conceptos locuaces y tarabilleros como los de genio y univocidad el sine qua non de lo que implica ser Poeta (con mayúscula, como escribo): todo ese gesto minoritario y paranoico, sacrificial y cuasi religioso y de vidente a la Rimbaud, ha sido por suerte soslayado y echado por la cuneta abajo, ya que no quedaba del mismo ni ápice de verdad, y se había convertido en un lastre surgido del peor y más degradado romanticismo. No es lo mismo Coleridge o De Quincey, Shelley o Keats, o los grandes románticos franceses y alemanes, que esos poetastros romanticoides de gesticulación rompe y rasga que imprimían a su falta de talento y chorrada poética un brillo falso, oropel engañoso, que lo único que hizo fue confundir y aumentar la ignorancia de los pichones de lector o de poeta, llevándolos a creer que lo epatante era en poesía lo más alto, fundamento verdadero de creación. Todo eso ya murió y no engaña a nadie, y casi me atrevo a decir que Medusario, entre sus varias funciones, tuvo la de darle a esa actitud trasnochada el punterazo, ese golpe de gracia que en la corrida se llama descabello o puntillazo.

medusario jose kozerTuvo otra función, que es quizás la que más me interesa: el poeta deja de ser el diosecillo que vive supeditado al dictado de las musas, zarandeado por el numen y lo sibilino, a la merced de la llamada inspiración, y se convierte en el ciudadano de a pie que funge de poeta unos momentos si se quiere deleitables, extraños, exquisitos, pero que no consumen la totalidad del individuo, y lo vuelven poeta día y noche, en el sueño y en la vigilia, digamos, veinticuatro horas al día, de lunes a lunes, año tras año. Por el contrario, el ejercicio poético ocurre, cuando ocurre, se trabaja, se corrige y rectifica, se almacena y se saca a la luz, se comparte y se publica o se oculta y deja para otro momento futuro o sin futuro, pero no ocupa sino uno de numerosos espacios de la vida de la persona que además de persona, es poeta o practica como artesano, casi como ceramista y alfarero, el oficio poético. Ese individuo, por así decir, hace su poema, que en general lo sorprende en cualquier momento del día, y hecho el poema, tras revisarlo a satisfacción, pasa a hacer la vida normativa de cualquier persona del mundo actual: es padre o madre, trabaja para mantenerse y ayudar a mantener una familia, que por regla general tiene, viste de manera más bien generalizada, nada extravagante ni estrambótica, come lo mejor que puede, bebe con comedimiento y no con ansias de destrucción y chilladeras, se siente responsable de una vida que tiene que ver con la familia, el país al que pertenece, su época y siglo. En este sentido el poeta no tiene nada de particular: lo único que lo distingue del común de los mortales, y en su momento, es que en ciertos momentos, repito, escribe un poema. Esa manera de ser, ese comportamiento vital es nuevo en la historia de la poesía, y creo separa de manera tajante lo anterior, sea parnasiano, simbolista, romántico o neoclásico, de lo actual, que si bien se piensa resulta menos clasificable dada la capacidad de simbiosis, de mezcla continua, y de amalgama que contiene hoy por hoy la vida del poeta, ese híbrido, y su poesía, ese otro híbrido multirreferencial.

Termino diciendo que creo que estamos en un magnífico momento para la poesía en lengua castellana, y más que desesperación veo una seria necesidad y capacidad de hacer cada cual a su manera y siguiendo pautas propias de crecimiento, su poesía: el aspaviento cada vez se nota menos, las ideas de desarraigo y descuartizamiento propios, de víctimas del sistema y demás, se ven cada vez más como subterfugios de la impotencia, de los que quieren (aspirantes) y no pueden, de manera que el poeta actual, y sobre todo el joven, sospecha, y con razón, de toda esa faramalla ostentosa que implica el deseo de ser mirado, objeto de ajena devoción, centro del mundo y hasta del Universo, ente único y sin par. Todo eso se ha ido o se está yendo al diablo, a pasos agigantados, y creo que es parte de una labor de saneamiento y de recuperación de la poesía como algo sin duda personal y único pero que es a la vez de todos y para todos, general y mudable, cambiante, pero no barato cambalache ni competencia: las vacas sagradas de la poesía castellana ya no existen; donde hubo un Lezama, un Haroldo, un Vallejo, un Neruda, un Paz, hoy hay poetas varios escribiendo en distintos países y circunstancias pero sin considerarse unos mejores que otros, superiores y participantes de una carrera de galgos o pelea de gallos que en estos momentos no tienen sentido y considero muertas.

 

Si bien es cierto que muchas veces has insistido en la idea de que tu obra tiene un carácter profundamente orgánico, en que no escribes poemas sino, mejor, un único y extenso poema que sólo acabará con tu muerte, se percibe un cambio en los libros que has publicado en los últimos años. Un cambio que para mí tiene que ver con eso que Adorno llamó “el estilo tardío”. Para Adorno, la madurez de la obra tardía, al contrario que la de la fruta, no es redonda sino que exhibe las arrugas, las grietas; y como tratan sobre la totalidad perdida son un tanto catastróficas. ¿Dirías que hay un aire de catástrofe, de deterioro, una tensión que atraviesa los poemas de Un asterisco Polonia? ¿Lo definirías como un libro “tardío”?

La pregunta contiene la respuesta, ya que veo así mi trabajo pongamos de los dos últimos lustros. Justo en estos días se cumplen quince años de mi único regreso a Cuba, entre el 7 y 14 febrero del 2002, momento en que empiezo (y es para mí un auténtico misterio) a escribir a diario un poema, a veces hasta dos. Y esos poemas, variados, escritos según los conformo en diversas series a las que acudo para ordenar mi trabajo, tienen en común de alguna manera la presencia de lo provecto y final, la irremediable y nada trágica sino natural conciencia de la vejez, el periclitar del cuerpo y de la mente, la tal vez necesaria o quizás innecesaria Muerte. Poemas que se llenan de excrecencias, cansancios, arrugas, pliegues y repliegues, pestilencias y en ocasiones un cierto desánimo, una desvitalización del ser y de la propia materia de la que en muchas ocasiones salgo, y a veces hasta airoso, gracias a la escritura poética, o en mis diarios personales, ello de la mano de la necesidad, la costumbre en mí de no dejar pasar día sin leer. No sólo el Nulla dies sine linea sino que no haya día sin leer. Esta convergencia me hace feliz, y debo decir, quizás un poco banalmente, que la vejez que me ha tocado y que llevo día a día a cabo me ayuda a pasarla bien, en verdad a divertirme. Hace años, conversando con Gonzalo Rojas en Nueva York, me contó que siendo casi un niño tuvo que pasar por el trance de la muerte de su madre, la que en su lecho de muerte se fue despidiendo de hijos y familiares cercanos, uno tras otro, y cuando le llegó el turno a Gonzalo la madre lo acarició y le dijo al oído, ya casi sin fuerzas, “Gonzalito, nunca me pude imaginar que esto sería tan divertido.” Justo lo que me ocurre ahora en la vejez (cumplo 77 años en unas semanas): la escritura entre otras cosas, es para mí algo que se ha vuelto divertido, la paso de maravillas escribiendo, no sufro, no me pongo apenas nervioso, no me desquicio ni siento desarraigo, hacer un poema no me maltrata ni me daña, no me desgasta ni me enferma: en realidad noto que sus trapos y churres y excrementos, sus alturas líricas o denuestos sinvergüenzas de mi natural desfachatez ante la poesía y ante tantas cosas, forman parte de una tardía aceptación del final, la Muerte, el descenso a un Hades inexistente, la subida a un Cielo inexistente, entroncar en una resurrección o en una búdica reencarnación que más bien me parecen pobre mitificación, augurio de la Nada, fofo consuelo. Hago y agradezco la escritura, la escribo, la rectifico y corrijo, la dejo correr a su aire interfiriendo lo menos posible, la almaceno y olvido: y todo eso recoge, absorbe, aligera mis callos, mis malestares corporales, que no son demasiados pero que son suficientes para amargar a un espíritu menos ocupado con la creación. Me duelen los pies, tengo dificultades digestivas, la vista me falla un poco, me duelen los ojos, se me cansan, cunde en mí a la noche la flatulencia (pobre Guadalupe, su nariz y oídos) me pica el cuerpo, las almorranas a veces me traen mico, y sin embargo la estoy pasando bomba, me divierto de lo lindo. Y todo esto en mi caso es tardío, esa fruta que no es redonda sino que se llena como sabiamente ve Adorno de grietas, de las mataduras del caballo matalón que es un viejo, penco ya en principio destituido y sin destino, pero que sigue comiendo sus yerbajos, soltando sus cagajones, viviendo un día más. En realidad hablo de algo relacionado con la pregunta anterior y es que morir, escribir, vivir, no es nada tan tremendo, es algo que nos sucede, comienza y termina y a otra cosa mariposa. Estoy harto de la mentira y negocio de situar al poeta o al creador en zonas particulares donde hay alma, grandeza, pureza, multitud de penurias, hambre, locura, sífilis, enfermedad, por favor, el loco al manicomio, el sifilítico al médico, el hambriento al trabajo y la búsqueda de lo ganapán, y no den más la lata: podemos ayudarnos, podemos intentar mejorar la vida de esta desastrada sociedad, y de los actuales países que están metidos en un hervidero histórico francamente peligroso (van a suceder cosas y cosas tremendas) pero para ayudarnos y mejorar un mundo que se hunde y se rompe a pedazos, lo primero que hay que hacer es sincerarnos con nosotros mismos y dejar de mentirnos para no mentir. Esta poesía que hago hace un par de lustros puede por ende definirse como tardía, pero sólo en sentido cronológico, y por supuesto esta llena de grietas, pero no de desventuras, soy un poeta jubiloso, mi poesía en última instancia es un gesto esperanzador, una cantidad determinada que cuenta y canta y cree en cosas mayores sin duda, pero también, y mucho, en cosas menores: una casa, un cuarto, una compañera con la que comparto toda una vida hace más de cuarenta años, la mujer que me enseñó a reír y a quien tanto por eso mismo le debo: la armonía cotidiana es posible, la felicidad media es concebible y hasta probable, se puede hacer vida interior en pleno siglo XXI, se puede desde el cuarto de una casa en un mundo materializado y en sí mismo lleno de arrugas y de grietas, hacer a diario una limpieza del espíritu, purgar el cuerpo y el alma (disculpad la retórica un tanto maniquea) hacer vida monástica. La del monje o la monja cargado de espaldas, apoyado en su bastón, con una sola muda de ropa, la piel lisa y tersa gracias a una morigerada y frugal alimentación.

 

Jose Kozer

Still from film “Me, Japanese (demo)“, by Malena Barrios

 

Te devuelvo una pregunta que tu mismo te haces en unos versos del poema “Del Reino” ¿Todo lo que pasa por tu cabeza ha de pasar al papel? ¿Eso te transformaría en una especie de ventrílocuo?

Excesivo de mi parte creer que es posible pasar al papel todo lo que surge en la cabeza; sin embargo, el sentido último o si no penúltimo de lo que digo, es más deseo que otra cosa: quiero de la escritura su inmediatez, la espontaneidad, el dejar correr un poco a la ligera, sin mayores consideraciones ni trascendencias, cuanto aparece en un momento determinado en la cabeza, y desear que pase en cuanto materia y materialidad, a la página llamada en blanco, que está ahí para llenarse, incluso para abarrotarse. A otro nivel, que tiene su origen en un mismo eje, está el deseo de que la escritura sea continua, inagotable, una lasca digamos de eternidad, imparable, consecuente por supuesto pero también inconsecuente, tan natural como respirar, digerir, excretar. De ahí que es deseo mayor, por lo menos en mí, querer que se escriba, que yo escriba, veinticuatro horas al día, todos los días, todos los años, y hasta un tiempo incluso después de la propia muerte, especie de favor que le pediría, casi imploraría a Dios.

Ventrílocuo implica voz o voces habladas, y no escritas: de manera que la idea de un trasvase de ideas, pensamientos, sentimientos al papel no es en mi caso labor ventrílocua, sino de plasmación de materiales que de momento inscribimos con miras a ser más tarde transformados, alterados, según necesidad impuesta por un oficio, una condición y situación, la del creador, en este caso la del poeta que a lo Pessoa es un fingidor si se quiere, pero no un loro de falsa oralidad, que repite y cacarea lo que surge de manera mecánica, traspasándolo por la boca a oídos ajenos, donde va a parar, es escuchado (o no) y desaparece: a diferencia de la materia escrita que tiende a registrarse y constituirse en una mayor permanencia, y en ciertos casos en una permanencia ineludible que viene a formar parte de lo que llamamos acervo literario, historia de la literatura.

 

Eres hijo de inmigrantes e inmigrante tu mismo, sin embargo la idea de hogar, de retablo con la mesa tendida y los alimentos servidos, se repite a lo largo de toda tu poesía ¿Dónde está o cuál sería la casa de un poeta?

A los catorce años intuí, casi supe que mi vida estaría encarrilada por la necesidad de leer y escribir. Por qué es para mí un misterio, ya que vengo de una casa sin libros, ni música de ninguna índole, casa sin plantas, flores, animales domésticos, lo único que se leía era el periódico, lo leía mi padre (con exclusividad) periódico de la tarde en español y periódico en yidish que recibía de Nueva York por correo. Tal vez la presencia de esa doble vertiente idiomática, de una lengua que se mueve de izquierda a derecha y otra que se mueve de derecha a izquierda suscitó en mí, de algún modo oscuro, el deseo de escribir en lenguas, hablar en lenguas, leer de todo y lo de todas partes, todas las épocas.

Cuando salí de mi país, Cuba, en 1960, me fui a Nueva York, y pese a numerosas dificultades y peripecias en las que no quiero abundar, entendí, con 20 años de edad, que si quería leer y escribir, tenía que organizarme. Una vida de escritura exige una organización, un orden, que por muy desordenado que sea, tiene que atenerse a un orden, una estructura, como la estructura que representa un cuarto de trabajo, o la celda de un monasterio, o el claustro de una oficina de trabajo universitario, trabajo ganapán que también, al menos en parte, se puede convertir en punto de escritura y de lectura.

Esa organización ha sido y es hasta la fecha mi amparo, resguardo de escritor, la que me permite seguir dando rienda suelta aunque coordinada a mis ficciones, realidades, fantasías, que a la postre no son más que gajes del oficio y alimento de escritura y lectura. Así, siempre leo a ciertas horas como escribo a otras: el proceso tiene un cierto automatismo, tiene una parte de conciencia y mucho de inconsciencia. Pero, y es lo importante, esa organización para este organismo de lectura y escritura que soy, precisa de unos espacios que faciliten, en verdad permitan la continuidad lectora, escritora: cualquiera puede leer un libro o hacer un poema, pero pocos viven casi devotamente leyendo siempre y a diario y escribiendo siempre y abundantemente (creo que todo poeta es prolífico a su manera: incluso Jorge Manrique o Gutierre de Cetina lo fueron en el contexto que les tocó). Para poder sostener esa continuidad se necesita dinero, como se necesita para el cuerpo una infraestructura sin la cual no puede existir. Y para el escritor la infraestructura que aquí llamo dinero precisa de una inversión mínima de gastos y una inversión máxima de tiempo a la disposición del creador para hacer su obra y leer los libros. Y eso sólo es factible viviendo frugalmente, y la frugalidad la facilita la vida retirada, la separación del creador de los excesos de la materialidad y la posesión de bienes, que ocupan demasiado tiempo y hasta todo el tiempo, y exigen demasiada expansión y espacio que se les roba a la escritura y la lectura. El sitio ideal para esa vida menos costosa y más retirada es el campo, los pueblos pequeños, los lugares menos caros, las islas. En Nueva York siempre soñé durante veinte años con vivir en el campo, en ciudades pequeñas, en lugares alejados, con pocos compromisos, pocos impuestos y obligaciones, para alcanzar, y ese es el rédito, un máximo de libertad real para leer y escribir.

Ese lugar, donde sea y a como sea, en las condiciones que prescribo para mi ideal de creador, para poder suscitar creación y disciplina de trabajo, vivir lo más libre y menos comprometido que se pueda, es a mi modo de ver la casa del poeta, su mejor casa: ni grande ni pequeña, vista al mar o a un lago, cercano a lomas o montañas, en pueblos poco poblados, cerca de un bosque y un río, caminos vecinales, sitio donde respirar, hacerlo todo a pie, pocos muebles, libros suficientes, materiales de trabajo, refrigerios y colaciones, tiempo a la mano, ritual y rutina, una familia en armonía y a trabajar: se puede. Pienso en Wordsworth (que como poeta no está entre mis preferidos) en De Quincey que más allá de su adicción buscaba ese sitio poco costoso y alejado donde poder hacer su obra, mantener a una familia y a la mujer que amó. Y pienso en Charles Olson y el concepto de sitio (Place) que constituye estructura donde se puede hacer vida propia de escritor, y conformar una obra que en sí misma es sitio: lo que Henry Ferrini llamó Persistence of Place, que hace que el poeta pueda sacar tajada poética de lo más cotidiano y cercano, lo que está a la vista y pasa tantas veces desapercibido. 

 

¿Ningún hombre es una isla o todo hombre es una isla?

Un hombre es una isla, es el arranque de un poema que escribí hace años y que se titula Don. El título juega con el nombre de John Donne y su No Man is an Island que forma parte de sus Devotions de 1624 donde ratifica y amplifica el título de su poema: “Every mas is a piece of the continent”; “Any man´s death diminishes me”; ”Because I am involved in mankind,”. Donne establece con claridad que somos parte de algo mayor, más amplio y general, y que está más allá de nuestra efímera existencia: no estamos solos, es también lo que nos dice, y no estarlo es poder vivir la extrañeza, la dificultad de la vida sin padecer exceso de desolación. En mi poema, lo que se canta y amplifica a lo largo de un texto complejo y cuajado de anacolutos que considero coordinados, es lo mismo pero al revés: un hombre es una isla pero sólo en el sentido de que el hombre, alejado por condiciones históricas de esa isla, busca un regreso, lo que en sánscrito, por oposición, llaman “anagami” o la imposibilidad de regresar (claro, tras acceder al Nirvana). Ese hombre se siente isla, se conforma isla o islote, cayo o guano, veguero o hicaco para poder así, por la vía del lenguaje, el recuerdo, la canción poética, acceder a la isla perdida, que no es lo que Donne canta: nuestro poeta metafísico está en su isla, y lo que le interesa es subrayar que estando en su isla no tiene por qué dejar de ser parte de algo mayor, que es un continente, una humanidad, o desde la perspectiva de la finitud de la vida afirmar que su muerte, la personal, la del singular individuo que es todo individuo, no lo separa de la muerte de los demás, ya que toda muerte nos disminuye, y en toda muerte está arrumbada la propia muerte. De manera que en función de ambos poemas la diferencia es clara: Donne establece su “No man is an Island” para indicar que no se le puede separar, sea quien sea, de la comunidad, de la vida ajena y otra, del hecho continental; mi poema establece que el yo poético de este texto titulado Don, intenta ser isla para recuperar la isla perdida, como en cierta medida Proust intenta ser tiempo vivo y de escritura a fin de recuperar el tiempo perdido, ese tiempo de su novelada investigación. El poema concreto del que surge la idea de ser una isla está así contextualizado desde el punto de vista de la historia personal y para mí nada importante del poeta que escribiera ese poema, lo cual no es óbice que a otro nivel, más importante, ese mismo poeta se identifique y prefiera el poema de Donne en cuanto condición verdadera de la efigie y esfinge humana, ese fantasma entre fantasmas, esa vida singular entre continentes y muertes interminables de vidas también singulares: soy una isla, pero también soy parte de un continente; y es mi dádiva, mi don, contar con una escritura que me permite moverme de una necesidad de recuperación histórica, personal, de la isla, a un espacio mayor donde formo parte de la comunidad de escritura, sus escritores, y de un continente y una muerte que son la de todos, ya que no sólo existe un continente (Europa) ni sólo una Muerte (la mía).

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