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Jesús Ávila Granados: Nunca he escrito de algo que no constituya un paso adelante para la humanidad

Debo confesar, como un acto de humildad, que esta es la primera entrevista que realizo, algo muy curioso en alguien que, como yo, no es muy dado a dejarse entrevistar. Quizá porque creo en el protagonismo de la obra por sobre el autor, porque, como Calvino, estoy convencido de que «leer es encontrar algo que va a existir». Y Jesús Ávila Granados es un autor que nos da mucha existencia para hallar en sus libros.

Ha sido un reto entrevistarle. Él en Granada, en su Granada, tan suya como lo fue de Lorca. Yo en las afueras de una Caracas que ya no es de techos rojos. A casi 7.000 kilómetros, que la tecnología ha reducido a polvo. Lo primero que impresiona de este autor es su prolífica obra. Luego te encuentras al hombre de carne y hueso. Iba a decir de carne, hueso y amabilidad, porque Jesús es de esas personas como pocas quedan, que fruncen el ceño para tomarse en serio el asunto, pero que anticipa siempre una palabra gentil.

No dilataré más el inicio de la entrevista para que ustedes mismos puedan tomarle el pulso por cuenta propia. En especial los noveles escritores, puesto que Jesús, en sus respuestas, más de una vez deja salomónicas pistas sobre el arte de escribir. Me atrevería, eso sí, a recomendar dos libros suyos que se complementan: A través de la España oculta y El libro negro de la historia de España. Uno revela las luces ocultas de la historia de España, y el otro sus sombras…

 

Jesús Ávila Granados

Jesús Ávila Granados

 

Jesús, tú naciste en Granada, la Granada de Ganivet y Lorca, aquella de la que un día el poeta mexicano Francisco de Icaza dijo «nada como la pena de ser ciego en Granada». ¿Qué es para ti la Granada natal, la de tu infancia, la que por artificio de la vida llevas casi en la homonimia de tu apellido materno?

Sin duda, el lugar que nací, todo un privilegio para los sentidos, marcaría desde bien pronto mi trayectoria personal y profesional. Esa frase lapidaria de Francisco de Icaza la llevo bien marcada en mis pensamientos. La ciudad de Granada, que fue capital de un reino de leyenda durante 260 años (1232-1492), aunque callada y discreta, sigue manteniendo ese espíritu de seriedad y misterio; deambular por aquellas empinadas calles del barrio del Albayzín, sentir los aromas de los jardines y plantas que transmiten sus cármenes y contemplar la Alhambra y el Generalife con el mágico telón de fondo de Sierra Nevada, supone un recuerdo imborrable de una infancia feliz, que me catapultó para alcanzar una actividad cimentada a base de logros y experiencias.

 

Desde niño te atrajo la historia. Sabemos que, como un Verne que amaba su colección de fichas de lugares remotos, te has aficionado a coleccionar postales de sitios que soñabas visitar un día. ¿Cómo oscila tu creación literaria entre la postal y el libro?

Sin perder de vista la Alhambra, de pequeño me imaginaba otros mundos, otros paraísos en la tierra, los cuales no podía alcanzar, sólo en fotografías, en tarjetas postales, que fui coleccionando y también los folletos que recogía en las oficinas de los consulados, a los cuales yo acudía con pantalón corto. Todo ello fue incrementando en mí una inmensa curiosidad por contemplar algún día, en persona, tales lugares, y escribir de ellos, mientras respiraba sus atmósferas; mientras tanto, iba tomando apuntes de cuanto veía en mi paraíso más cercano: Granada.

 

Jesús Ávila Granados

Jesús Ávila Granados

Llegó la juventud y el deseo de ir a la universidad, de unir la vocación y la profesión como tú sueles decir. ¿Cómo fueron aquellos años en Cataluña?

El traslado a Cataluña lo hice con 16 años; pertenezco a una familia humilde, pero de fuertes principios; mi padre, de profesión albañil. En mi maleta de cartón-piedra una inmensidad de sueños por alcanzar, pero había que ganarse la vida, y comencé a colaborar en periódicos y algunas revistas; luego estudié Ciencias de la Información (Periodismo) en la Universidad Autónoma, de Barcelona, al tiempo que contraje matrimonio con la mujer más maravillosa del mundo, Lola, emigrante en Cataluña como yo, procedente de Extremadura, que ha sido mi compañera infatigable, y madre de mis dos hijos varones. Aquellos años fueron muy duros, sin apenas descanso; llegué a colaborar en 25 medios de comunicación diferentes; entre los cuales, “La Vanguardia”, de Barcelona, “La Aventura de la Historia”, el “Hoy”, de Lima.

 

Jesús, sospecho que un escritor enamorado de la historia no se quedó a la sombra de la Alhambra. Cuéntanos de tus viajes y cómo estos enriquecieron tu quehacer literario.

Como periodista, comencé escribiendo sobre el arte románico, lo que me llevó a visitar la mayoría de iglesias, santuarios, monasterios y ermitas de ese estilo de gran parte de la geografía española. Fue estando en Lleida, en 1973, haciendo el servicio militar, cuando recibí el primer premio de periodismo, por un trabajo sobre el románico catalán; un reloj despertador que guardo con el mayor entusiasmo. Siempre he considerado que hay que recorrer los lugares, sin prisas, como viajero y no como turista. En cada salida se aprende mucho, y lo más importante de todo, que todas las personas tienen mucho que decir y de todas tenemos que aprender. El factor antropológico y una dimensión positiva de todo cuanto nos rodea han sido elementos claves de mi trabajo. Nunca he escrito de algo que no constituya un paso adelante para la humanidad.

 

Más de 5.000 artículos publicados dan cuenta de una tesonera labor periodística. Incluso fuiste condecorado un par de veces por el Consejo de Europa como mejor periodista europeo. ¿Cuál ha sido la experiencia periodística que más ha determinado tu modo de ser o de escribir?

Al viajar a un país, o una región o comarca, siempre he contemplado la riqueza humana del lugar, y he sabido clasificar cada tema para el medio más adecuado, valorando la dimensión de la persona, a través de su creatividad y de lo que mucho aporta a la sociedad de su entorno. He visto asomar lágrimas de felicidad a personas, verdaderos artesanos, que el mundo los había ignorado por la cruel indiferencia que marca sus recursos económicos, al contemplarse citados y fotografiados en periódicos y revistas; desde un humilde panadero de las montañas del sur de Anatolia (Turquía), a un artesano de miel, en Asturias. Por ello, no sabría destacar cuál ha sido la experiencia periodística que más ha influido en mi forma de trabajar. Pero sí, quiero comentar que, en dos ocasiones, fui condecorado como mejor periodista del continente, por el Consejo de Europa, y la primera fue por un reportaje que escribí acerca del peligro que se cernía sobre la reserva natural de Cabañeros, en Castilla-La Mancha, al querer convertirla las administraciones de aquel tiempo (1983) en un centro militar de artillería; con mi trabajo, la noticia llegó a Europa, y al poco se creó el Parque Nacional de Cabañeros, uno de los parajes naturales más hermosos de España.

 

La mitologia templaria; 2 ed.

Como escritor eres autor de 106 libros, una cifra que a nadie dejaría indiferente. Alguno de tus libros recibió un galardón en Francia y otro en España, y otros han sido calificados por la UNESCO como de obligada consulta. Cuéntanos un poco de tu trayectoria literaria. ¿Qué libro te ha costado más escribir y cuál te ha reportado mayores satisfacciones?

De periodista pasé a ser escritor, sin darme cuenta. El primer libro, un ensayo titulado: “Mazmorras que han hecho historia”, publicado por Planeta. Luego fueron surgiendo innumerables obras, fruto de mis viajes; por Turquía siento una especial fascinación; país que he visitado en 15 ocasiones, y que me condecoró como periodista extranjero que mejor lo conoce; en 1986, aparecieron “Estambul” y “Turquía”, dos libros de viajes que, en varias ocasiones, coincidí con viajeros en el avión que iban leyéndonos apasionadamente. Mi obra: “Historia del azafrán. La flor del amanecer”, recibió el premio de mejor libro de historia de la gastronomía, en el Salon du Livre Gourmand, de Périgueux (Francia), y también el de Alimentos de España, por el Ministerio de Agricultura. Otra obra de la que me siento orgulloso es “Enciclopedia del aceite de oliva”, editada por Planeta (2000), declarada por la Unión Europea libro de lectura obligatoria para conocer la cultura del aceite de oliva en toda la cuenca mediterránea. También la Enciclopedia de 9 volúmenes dedicada a “Rutas de España”, publicada por Planeta. No sabría decir qué libro me ha reportado una mayor satisfacción; mi interés por la historia oculta daría lugar a escribir sobre las culturas marginadas de otras épocas (templarios, cátaros, celtas…), y de ahí mi obra: “La mitología templaria”; un libro que lo tienen en su mesita noche todas las encomiendas templarias, como obra de consulta.

 

¿Y tu obra novelada?

De los 106 libros escritos y publicados, sólo cuatro son novelas históricas. Me decidí a recorrer este campo de la literatura, al ver los numerosos errores que, a menudo, se venían produciendo con obras de narrativa histórica, las cuales, en la mayoría de los casos, pasaban inadvertidos por los lectores. Pienso que un buen escritor de novela histórica debe ser periodista, viajero y lector. Mi primera novela histórica fue: “La profecía del laurel” (Ed. Planeta); luego, “La sombra del cardenal” (Ed. Usuahia); “El último hereje” (Ed. Círculo Rojo), y “La confesión. El médico templario” (Octaedro Ed.); todas ellas, con numerosas reediciones y traducciones a varios idiomas, y que piden ser llevadas al cine, o bien en series televisivas.

 

Jesús Ávila Granados

Todo escritor tiene sus autores predilectos, sus maestros, aquellos de los que un día partió y a los cuales regresa siempre. ¿Cuáles han sido tus maestros y lecturas recurrentes? ¿Hay algún autor que te disguste leer? ¿Por qué?

De pequeño leía sin parar las obras de Julio Verne; soñaba en recorrer algún día aquellos mundos narrados con destreza, como un joven capitán de quince años, sobre un globo, o descendiendo a las entrañas de la tierra. Pero también Salgari, Estevenson, formaron parte de mi pequeño cosmos. Después se añadieron los románticos que, durante los siglos XVIII y XIX recorrieron España, en general, y Andalucía, en particular, en busca de los escenarios más exóticos del occidente europeo. Y siguiendo las huellas de algunos de ellos, pude conocer la esencia de los bandoleros y contrabandistas de la España contemporánea, de sus miedos y traiciones, de sus lances y valores sociales. No tengo ningún escritor condenado, porque todos, aunque sea por una sola página de texto, valen la pena de leer y aprender de ellos.

 

Rainer María Rilke escribió una decena de cartas al entonces desconocido poeta austríaco Franz Xaver Kappus. En ellas, el poeta consagrado revelaba al novel escritor la riqueza de su mundo interior. ¿Qué dirías en una carta a un joven escritor de hoy?

A Rilke le admiro por su entereza; fue de los últimos románticos que llegaron a España, enamorándose de la ciudad de Ronda, y describiendo como nadie las costumbres de los pastores de la Serranía, desde sus prontas salidas al amanecer, hasta los polvorientos regresos con el ganado. Mi consejo siempre ha sido que no debe nunca de escribirse de un lugar sin haberlo visitado el escritor, y los jóvenes amantes de la literatura deben leer constantemente, especialmente a los clásicos.

 

Jesús, como autor dedicado al tema histórico, ¿qué te preocupa del tiempo que nos ha tocado vivir? ¿Crees que se pueda suscribir los versos de Manrique en Coplas a la muerte de su padre: «cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor»?

Jesús Ávila GranadosNo cabe la menor duda que estamos atravesando unos momentos difíciles, a nivel económico; pero lo más preocupante es la miseria cultural. Un pueblo que no lee es un pueblo condenado a vivir bajo el látigo de la sinrazón. La cultura es la mejor medicina contra la desigualdad.

 

En Estados Unidos han desarrollado su obra literaria y académica autores españoles como Elena Castedo e hispanoamericanos como Isabel Allende. Tú, que has sido viajero y emigrante, Jesús, ¿qué le recomendarías a los autores hispanos que hoy están escribiendo desde Estados Unidos?

Estados Unidos ha sido desde Georges Washington un país de oportunidades, que ha sabido valorar a las personas por sus cualidades, más que por sus riquezas materiales. La lengua castellana, en el marco de la cultura latina, ocupará cada vez más un peso notable en ese gran país. Mi consejo para todos los colegas que viven principalmente en español en Estados Unidos, es que sigan cultivando la maravillosa lengua de Cervantes, una de las más ricas del mundo, en todos los sentidos, como lo demuestran la cantidad de escritores en lengua castellana que han sido condecorados para la historia de la humanidad con el Premio Nobel de Literatura.

“Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.” - Voltaire

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