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Toni García Arias
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España: la socialización de la corrupción

La corrupción en España no es un mal actual; es un mal que viene de antiguo. La corrupción no es algo propio del Partido Popular que hoy nos gobierna. Ni tampoco del Partido Socialista Obrero Español que nos gobernó hace unos años. Ni tampoco de los nuevos partidos como Podemos, actual promotor de una moción de censura al gobierno y que también cuenta con algún que otro caso de presunta corrupción en sus filas. La corrupción en nuestro país se remonta a varios siglos atrás, donde la corrupción era muy típica no solo en España sino también en gran parte de Europa, dominada por los poderes absolutistas de reyes y nobles. En España, según se dice, el primer gran caso de corrupción que se conoce sucedió en el siglo XVI, con el I Duque de Lerma, aunque seguramente antes ya habría algún que otro caso. Mientras en Europa los excesos de los poderes absolutistas se corrigieron a través de diversos cambios políticos y -sobre todo- sociales, en España, no. Esa ausencia de transformación hizo que, en nuestro país, la corrupción de una época se transmitiese a la siguiente y, así, hasta llegar a nuestros días. De este modo, la corrupción en nuestro país es un mal endémico y un mal sistémico, y cualquiera que entre en el sistema político deberá enfrentarse a ciertas situaciones de poder corrompido y corrupto difíciles de atajar. Sin embargo, el gran problema de la corrupción en España no es que todos los partidos políticos tengan algún caso de corrupción en su historia más o menos reciente -aspecto que ya de por sí es preocupante-, sino que la corrupción que antes se circunscribía al ámbito político ahora se ha socializado.

En el párrafo anterior, decía que en Europa los excesos de los poderes absolutistas se corrigieron a través de diversos cambios sociales. En España, eso no sucedió por diversas razones. Una de esas razones es que España siempre ha sido un país con propensión a la incultura (quizá porque se vive demasiado fuera), y a los pueblos incultos es mucho más fácil manejarlos, porque -por lo general- son pueblos más despreocupados. Otra razón es porque en España gusta mucho la crítica, pero la crítica soez y zafia, la que afecta al ámbito personal, no la crítica razonada laboral, profesional o ética -aquí triunfan programas de televisión que en otros países jamás triunfarían. Otra de las razones es que -sobre todo actualmente- en nuestro país no existe una moral social, una moral colectiva, es decir: unas normas básicas de comportamiento, unos valores y una simbología socialmente aceptada por todos. En nuestro país, no existe un sentimiento de pertenencia a España, a excepción de cuando la selección española de fútbol juega un Mundial o cuando Nadal juega un Roland Garros. Esto hace que los españoles no nos sintamos como un grupo, sino como un conjunto de individuos que comparten un mismo territorio, que es algo bien distinto. Debido a ello, cada uno va a lo suyo, intentando sacar el mayor provecho posible de una sociedad y de un estado que nos importa un carajo. Al preocuparnos solo de nosotros, los españoles cometemos actos de corrupción sin alarmarnos en exceso, ya que nuestro comportamiento moral solo debe obedecer a nuestros intereses particulares, no a los intereses del grupo, lo cual nos libera de la conciencia ética. Como punta de lanza de la corrupción en nuestro país está, posiblemente, el mayor problema que padece nuestro sistema y que, por añadidura, es el alimento del que se nutre la propia corrupción: el amiguismo.

En España, el amiguismo lo es todo. O casi todo. El amiguismo se define como la tendencia a favorecer a los amigos en perjuicio de otras personas, en especial en lo que se refiere al trabajo. Evidentemente, si yo tuviera a dos sujetos frente a mí y tuviera que contratar a uno de ellos, en igualdad de condiciones, elijo a mi amigo. Esta decisión puede ser criticada, especialmente por la persona no elegida, pero desde luego no representa ningún controversia moral ni ética ni puede ser censurada: la persona tiene buen currículo, buenas habilidades y conozco cómo trabaja. El problema viene cuando elegimos a nuestro amigo a pesar de su incompetencia, que es lo que sucede con excesiva frecuencia en España -y también en otros países mediterráneos-. En nuestro país, incluso en el ámbito laboral, prima la “amistad” por encima de la “profesionalidad”, hasta tal punto que lo que más se valora muchas veces en un trabajador no es que sea un magnífico profesional, sino que tenga “buen rollo”. De este modo, solo valoramos y aplaudimos a nuestros amigos, no a los buenos profesionales, con lo cual las empresas terminan llenándose de amigotes al tiempo que de incompetentes. Esto que señalo no es un descubrimiento ni una invención mía; muchísimos autores -especialmente norteamericanos y del norte de Europa- coinciden en señalar que el amiguismo es el mayor problema que tienen las empresas españolas y mediterráneas para ser productivas. Y si eso sucede en el ámbito de las empresas privadas, qué no sucederá en las públicas: puros nidos de ratas.

Nuestro país, España, ha perdido los valores sociales y, actualmente, está inmerso en un egocentrismo individualista inmoral e inculto que se vanagloria de su inmoralidad y de su incultismo. Debido a ello, resultará muy difícil erradicar la corrupción de nuestras instituciones y de nuestra sociedad, porque hay tantos casos y en tantos ámbitos que se convierten en ejemplo de actuación para jóvenes y mayores. De ahí que mucha gente aplique para su vida la máxima tan típica española de “para que se lo lleve otro, me lo llevo yo”. Y en esas estamos.

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Sebastián Triay Olmos
Sebastián Triay Olmos
5 years ago

Políticos, UCOS y UDEFES, tertulianos periodistas de TV, Jueces, Fiscales, encuestadores y una sociedad que, en su mayor parte me atrevería a decir, se ha dado cuenta del desgaste de este negocio llamado corrupción. El sistema se retroalimenta y quiere producir más, de forma que se ha caído en una imperfección y deterioro impresionante. No sé yo donde está verdaderamente la corrupción y hasta me dan ganas de formar un partido político con todos aquellos que han sido acusados, perdido su condición, inocentes y apartados de sus cargos. Si esto sigue así, no le extrañe a nadie que ganaría ese… Seguir leyendo »

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