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Piedad Bonnett: “Desde el comienzo, fui una niña en discrepancia con el mundo”

La primera vez que escuché la voz de Piedad Bonnett, estaba descansando de unas largas caminatas alrededor de la Plaza Altamira, en Caracas, durante alguno de los Festivales de Lectura que se organizan anualmente allí. Recuerdo que estaba fatigado y encima, un poco obstinado por tener que cargar el peso de los libros que había comprado. Es decir, no estaba muy dispuesto a que algo me sorprendiera.

Pero precisamente, así funcionan las sorpresas. Justo detrás de mí estaba el toldo donde Piedad se presentaría. Ese toldo, tenía en frente una especie de fuente. El evento empezó. Me acerqué medio alelado. Sus palabras conseguían ser tan agudas que entre una y otra, solo se percibía la caída de agua del fondo. Los presentes estaban mudos. La autora de Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013) nos brindaba el testimonio del libro y el suyo propio. El dolor, compacto y fatal de lo que no se puede detener: la ausencia que carga la muerte.

Este diálogo ocurrió en New York University, fruto de varias caminatas. Bonnett había sido invitada para conversar con los alumnos de la Maestría de Escritura Creativa y tuve la ocasión de volver a escuchar la cadencia de su voz y atestiguar su mirada. Poeta, escritora, profesora, madre, hija. Lo demás es silencio.

¿Hubo un presentimiento, una perspectiva de construcción de las imágenes que estaban a tu alrededor, que adelantó la idea, o una intuición de que podías ser escritora o poeta?

Yo creo que tenía desde muy chiquita, mirada de poeta. El acopio de imágenes que tengo, me hace pensar que a los 3 o 4 años yo miraba el mundo con gran asombro por lo que descubría. Luego he escrito poemas sobre eso, que están en Tretas del débil. Por ejemplo, cuando descubrí la primera luciérnaga, cuando descubrí que el agua emanaba de la tierra, cuando descubrí el bambú. Creo que tenía una fascinación con las formas. A eso súmale las imágenes de terror que de todas maneras me resultaban fascinantes, como los santos de las iglesias, que miraban con ojos de vidrio. Los vitrales y la manera como se colaba la luz. Yo tengo todavía todas esas imágenes en la cabeza. La cometa como volaba y lo que yo sentía agarrándola –la tensión y el viento–. La figura de mi mamá, cuando me decía que un toro se escapó del matadero. Esa figura de un toro corriendo que yo talvez nunca vi, la tengo como si la hubiera visto.

Me comentabas de tu inconformidad con muchas cosas del entorno rural, de la opresión en la educación. ¿En qué sientes que  discrepabas?

Yo creo que yo empecé a intuir que el mundo no era benévolo. Eso es una herencia tanática de mi padre, quien siempre fue y sigue siendo una persona con una inclinación tanática. Entonces siempre puse el énfasis entre lo terrible y la belleza, el estremecimiento de la belleza y la intuición de la maldad, del pecado, porque me criaron en un ambiente religioso. Yo creo que tenía una sensibilidad gigantesca que encontró el cauce de la palabra.

¿Hay algún autor de esa época de descubrimiento que tú quisieras ser, emular?

Yo quería ser Dovstoievsky. Yo me leí todos sus libros y quedé fascinada. Me acuerdo cuando llegué a la casa y me dediqué a la literatura completamente. Luego me dio una úlcera, y esa úlcera me persiguió toda la adolescencia y toda la juventud dándome una dosis de sufrimiento gigantesco, de relación muy conflictiva con mi cuerpo y conmigo. Esa úlcera me atormentaba, tenía vómitos, náuseas, tenía angustia… Todo eso me conveirtió en una persona para la cual, la literatura era un refugio.

¿Cuál es tu concepción entre esa relación entre dos seres humanos, atracción, que puede llamarse amor y que a veces se impone como una fatalidad?

Lo que pasa es que yo sí pienso que para mí no hay un sentimiento que te lleve más a lo sublime que el amor. En cambio la muerte, ahora que la he experimentado con un ser tan entrañable, me aproxima es al misterio, al silencio. El amor con ese componente de obsesión y de razón de vértice en la perspectiva, esa enajenación, es exactamente lo contrario de la muerte. La muerte es como una apertura a un espacio gigantesco vacío. En cambio aquí es el encuentro con uno mismo a través del otro. Para mí no hay un estadio más humano e inhumano a la vez, que el amor.

¿Por qué humano e inhumano?

Mira, porque nunca somos más frágiles que cuando estamos enamorados. Más vulnerables y al borde de que cualquier cosa nos destroce. Y nunca somos más parecidos a un Dios. Porque esa cosa que nos posee por dentro como un fuego y que nos hace poner todo –por ejemplo yo conozco gente que nunca ha sabido qué es eso- se te quita el hambre, el cansancio, el sueño, todo. Te vuelves un súper poderoso y un ser extraño a los demás.

¿Hay otras disciplinas o áreas de conocimiento que hayan permeado tu pensamiento creativo?

Yo me he interesado mucho por el arte plástico y eso me ayudó a ser mejor profesora porque siempre estaba reflexionando sobre el problema de la forma. Empecé a mirar todo desde las formas y empecé a sumergirme en el impresionismo, surrealismo, a trabajar toda la parte conceptual del arte. Me metí en el tema del barroco como una estudiosa compulsiva. Yo empecé a tener conciencia de qué poesía estaba haciendo… lentamente, de verdad. Estaba sumergida en un mundo amplio de referencias y escribía poesía de manera más espontánea, siempre inpulsada por emociones muy primarias. Yo creo que la poesía tiene que tener esa raíz y si no, no es.

Me comentabas que estás buscando un poema  casi abstracto. Son muchos los escritores que evaden la abstracción, con pánico.

Siempre me ha interesado lo pequeño o lo grande a través de lo pequeño. Lo grande en sí mismo no me gusta abordarlo. Pero hay distintas maneras de abordar lo pequeño, entonces yo en un momento dado, tenía una tendencia a lo coloquial y a una cosa desmitificadora con humor. La ironía siempre ha sido una constante tanto en mi vida como en la literatura, pero de pronto doy un giro en que simplemente pareciera describir lo pequeño.

Lo pequeño, el punto mínimo, la aseveración.

Sí, pero después cambió el tono, y al cambiar el tono, cambió mi poesía y empecé a hacer una cosa que ahora tiene como un acento más sentencioso… Dictar sentencia como los sabios me parece aterrador, pero claro, mi sentencia es amarga. No estoy imaginando palabras para darle en la cabeza al lector con cada frase.

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