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El 6 de diciembre, el Psuv y su jefe, Nicolás Maduro, van a celebrar su templete bufonesco. Sin condiciones mínimas, nadie va a avalar ese desatino, como ya han advertido más de medio centenar de gobiernos y la oposición democrática venezolana. Sé bien que, sin embargo, en Venezuela (y en la región) emergen voces que por desvergonzadas o por cándidas (en todo caso, una conducta inaceptable en líderes políticos) alientan a participar en esa grotesca tartufada.

Si bien no hay ambiente electoral y, por lo visto, a los venezolanos parece preocuparles más la derrota de Trump que este circo lugareño, vale advertir algunas consideraciones acerca del sufragio, sobre todo porque no lo dudo, la semana entrante vociferarán los «sufragistas» en defensa de lo que erróneamente consideran la base de la democracia.

En primer lugar, como ya lo asomé, no es el voto la esencia de un orden democrático. Lo es, sin dudas, el Estado de derecho. El voto es solo una herramienta para zanjar las diferentes opiniones, para decidir, sin obviar, desde luego, sus falencias esenciales, y sin dejar de lados dos cosas: que el pueblo sí yerra y que las minorías no desaparecen por el hecho de resultar vencidas en unas elecciones. Si no hay Estado de derecho, y en Venezuela no lo hay (de hecho, hay una oclocracia), el sufragio deviene en un martillo, que, en lugar de servir para clavar, se usa para rajarle la cabeza a alguien.

Sin condiciones electorales apropiadas, o lo que es lo mismo, sin respeto por el Estado de derecho, las elecciones se transforman en trampas para barnizar de legítimo a un orden tiránico, y por lo tanto, la sacralidad que tienen en genuinos órdenes democráticos se pierde, y en su lugar, emerge un engendro, una cosa perversa. El partido nazi ganó las elecciones, y su líder, Adolfo Hitler, en principio, obtuvo el poder legítimamente. ¿Alguien duda que el derrocamiento del régimen nazi era más que necesario, moralmente forzoso?

A la luz de los argumentos esbozados por quienes, dentro y fuera del país, defienden la participación en este tinglado barato, la lucha librada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial fue una intromisión en los asuntos internos de Alemania y los países que electoralmente decidieron ser parte del Tercer Reich (aunque el tratado de Versalles lo prohibía expresamente, como el Anschluss), y, por lo tanto, contraria a la moral.

Bien sabemos que no fue así. Y el meollo de este dilema pivota sobre lo que es moral y lo que no. Medirse en unas elecciones con un tirano supone, de antemano, que, eventualmente, se reconocerá a la dictadura como legítima, sin importar si viola derechos humanos, porque el pueblo votó favorablemente. Yo pregunto, ¿y si Pinochet hubiese ganado el plebiscito de 1988, todos los muertos y desaparecidos durante su dictadura estarían justificados?.

El Psuv, urgido de un ente que avale las prendas que en su afán por conseguir dinero va a otorgar inmisericordemente, va a llevar a cabo ese circo, aunque más del 80 % parezca renuente a participar. Por su parte, los sufragistas de siempre, soberbios unos y desvergonzados otros, incitan a prestarse a esa bufonada. Y mientras, millones padecen penurias que esas elecciones, lejos de cesarlas, van a agravarlas.

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