La Estatua
La estatua que solo habla, tiene sus años de actuación. “Ponele 100 años”. Cada país las tiene.
Viudas, poetas conformistas, imitadores del espasmo, amanuenses y cristeros arruinados.
La estatua es un avaro que conserva allí las taras que los niños ven a través
de su locura mística.
La estatua se empolva la cara, aunque le cae la mierda de paloma como tetra, así responde, se le han ido los triunfos de los primeros tiempos.
Parece que danzara, denuesto nos muestra sus dedos renacentistas, pero está casi ciega.
Pobre estatua, en bronce soportará el glacial, con sus vínculos fílmicos
tiene buen nombre. Luce chamarra gastada de adicto, con la otra a 100 pasos.
La estatua ya vieja a cagandas, silba con el viento; es su manera de notar
sus desperfectos ideológicos.
El Hombre
Primero que todo camella labura, guarda su salud, mientras prepara el combate de las igualdades remotas. Promiscuo, va de retro junto a ella (contra sonatas), abren los besos en un lugar sonoro.
A la sazón la desazón, entre pasiones, quejas, y el mal sueño. Se gasta
el presente, con astrolabios de mano ante el maestro astrofísico, o la lengua del origen que no dejan.
Así al descreste, los años dinámicos, el remolque del gallo de Esculapio
o el resucitado.
Y si toma whiskey, un hijo esquizoide que copia a Munch, de escasos lados como un globo. Arrastra los fardos, mecánico automotriz, clase media, pesado y ligero, escrito en la pared del cuarto. Pero comete la peor infracción para el elegido:
No lee y es apolítico.


