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Delmira Agustini y Teresa de la Parra (I)

Delmira Agustini; joven, bonita, genial, nacida en un medio burgués y austero, es el caso de la María Eugenia Alonso de Ifigenia llevado a la tragedia.

Teresa de la Parra

Descrita con gran exactitud por Teresa de la Parra, la poeta uruguaya Delmira Agustini (1886-1914), fue una víctima más de un femicidio, al ser asesinada por su exmarido en lo que, para la época, se catalogó como una especie de pacto amoroso por estar ambos viéndose clandestinamente tras su divorcio. Las razones de tan extraño comportamiento no han podido dilucidarse, si bien se sabe que el matrimonio duró apenas 45 días y Agustini volvió a casa de sus padres, alegando la imposibilidad de seguir viviendo bajo el mismo techo; probablemente al haber sido víctima de violencia doméstica por parte de un marido autoritario y de carácter inestable.

Como poeta, Delmira Agustini ante nosotros circundada por un Montevideo minúsculo, lo cual nos hace suponer que, al igual a la Ifigenia de la venezolana, empezó a escribir “porque se fastidiaba”. Agustini, como tantas mujeres criadas entre celosías, requería liberar esa necesidad de ser cubierta por algo más cálido que las camisas de seda celeste, desempeñando una actividad donde pudiera exorcizar cierta energía a la cual le estaba cultural e históricamente negada la independencia exterior.

Desde la privacidad de su cuarto, imaginado “tan dulce que me creo dentro de un corazón”, la cuartilla fue entonces el tambor de bordar donde la autora deshiló el tejido de Penélope pues, como Jane Austen, nunca tuvo oportunidad de almorzar sola o de sentarse en un café. Pero ese “hastío”, tal cual Miguel de Unamuno lo corrigió de Ifigenia en carta dirigida a Teresa de la Parra, fue justamente lo que convirtió a Delmira Agustini en una mujer “analista, expansiva y escritora”. Ella, como María Eugenia Alonso, puso a hablar ese fastidio, transformándolo en una poesía que superó el móvil inicial, donde la autora no pretendía quizás exigirse más que su deseo, para alzarse con una obra original y de avanzada dentro de su tiempo.

En el ámbito de sus lecturas —Gabriele D’Annunzio, Amado Nervo, Rubén Darío, la biografía de Charles Baudelaire— no pueden encontrarse antecedentes (¿habría leído a Safo, Sor Juana Inés de la Cruz, George Eliot?) explicativos para la libertad con la cual enfoca lo femenino a través del simbolismo modernista, y accede a lo postmoderno al acercarse mucho más a una desinhibición que fue la negación de lo que Paolo Portoguesi ha dado en denominar la “lógica de la producción”. Pero no a través del escapismo propio de la época, sino aludiendo fragmentariamente a una realidad que en ella fue la verdad del cuerpo: “Tú te inclinabas más y más… y tanto,/ y tanto te inclinaste,/ que mis flores eróticas son dobles”.

Artífice, pues, de una poesía fundamentalmente erótica, de exaltación al placer y la sexualidad femenina, a través de símbolos arropados por un lenguaje controlado, lo cual es revelador de una inteligencia poética que la singularizó, y trazó el camino para discernir otros símbolos que en Gabriela Mistral serían de índole teológica, en Alfonsina Estorni de visos feministas, y en Enriqueta Arvelo Larriva, de contacto con la tierra. Y es que, aun cuando Delmira Agustini no estaba consciente de que, mientras escribía El libro blanco (1907), Picasso pintaba “Las señoritas de Avignon”, los ballets rusos de Sergei Diaghilev cambiaban la concepción de la danza en occidente y Marcel Proust se hallaba en busca del tiempo perdido, su obra también ha quedado inserta dentro de la modernidad, con un valor a nivel simbólico a la par de aquellos. La autora se hace, así, eco de una contemporaneidad que la singularizó y que, como en Rainer Maria Rilke, el Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza (1905) y el Federico García Lorca de El público (1978), también en Agustini se hace real la premisa de que “la vida humana debe transformarse en arte y existir solo como tal”.

“Hoy siento/ que no valen mis años de la idea/ lo que un minuto azul del sentimiento”, escribe en “Explosión”, y ello será también el tiempo de Paul Éluard, la concepción poética de André Breton para quien la imagen más fuerte es la más arbitraria. Y que incluso escritoras más recientes como Cristina Peri Rossi y Eleonora Carrington han traspuesto, dentro de una literatura donde la fuerza y sensualidad textual se logran mediante un lenguaje, que contiene ese placer barthesiano de la Agustini en, por ejemplo, “Nocturno”, “Tu boca” y “La otra estirpe”.

Pero lo fascinante es que si estas adoptan plenamente todos los aspectos sensoriales, irracionales y subjetivos que caracterizan la contemporaneidad, unidos a la combinación, sin jerarquizarlos, de apuntes —porque el arte y la literatura hoy esbozan, más que reproducen, el mundo y la certeza de una realidad cada vez más fragmentaria— tomados del primitivismo, el Medioevo, el Barroco, el simbolismo y el surrealismo, Delmira Agustini, sin proponérselo, dado lo precario de su bagaje intelectual, logró combinar muchas de estas características, y acceder a lo postmoderno, que otras escritoras de su época, con las cuales se la suele encasillar, no lograron.

Agustini marcó entonces el camino donde cubanas como Reina María Rodríguez, venezolanas como María Auxiliadora Álvarez y brasileñas como Elizabeth Veiga, han escrito una obra y con ella su propia historia. Una historia donde la literatura femenina latinoamericana, y especialmente la poesía, ha dado ya un paso tan trascendental cual fue el de Delmira Agustini en su tiempo pues, por primera vez, la mujer está trasvasando esa libertad para nombrar su cuerpo desde la posición de objeto, y tomando el lugar del sujeto empieza a hablar, ya no de sí misma, sino del cuerpo del hombre, tal cual veremos en la segunda parte de este artículo.

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