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Los días pasan y nada ocurre en Venezuela. La gente deambula taciturna por las calles. Cree y no cree, se sume en el optimismo tan rápidamente como se arrebata por el pesimismo. Sus días negrecen como su futuro, como su esperanza depauperada. Los días pasan y el liderazgo farfulla. Se ufanan con sus discursos. Pero la gente sufre cada día más.

Cada día es peor. Así de trágico. Así de horrible. Como una pesadilla interminable, cada quien sobrevive acorralado por el miedo, por la desesperanza. Sufre, porque su vida ya no es vida. Es, cuando mucho, supervivencia. Vive para trabajar, como burro, como bestia de carga. Vive para hurgar comida en anaqueles vacíos o en los basureros, para caminar entre otros que también caminan entre zombis. Ya no vivimos. Hace rato ya que la esperanza fue masacrada y sin esperanza no hay vida posible. Solo resta el miedo, la resignación y la frustración.

No hacen nada quienes hacer algo debieran. Si farfullan su discurso memo, no piensan. Y por ello, su ausencia en su deber ofende. Se desnudan a sí mismos como perros hambrientos, que  en los cargos buscan su cuota de poder para medrar, para lucrar. Y aún tienen la osadía de pedir, de exigir, como si la sociedad les debiese el favor, como si todos fuésemos lacayos que del amo solo espera órdenes.

Los días pasan y no ocurre nada. La gente solo va y viene, descubriendo que son cada día más pobres, más miserables. Su dinero, ganado cada vez con mayor esfuerzo, no compra mucho, o más bien poco. Casi nada. Y al llegar a sus casas y comer lo que hay, los demonios crecen en su interior, disfrazados de dolor, de desesperanza y de rencor. Ya no disfrutan su cena. Solo engullen porque lo necesitan. Ya ni ganas hay, solo les resta el hambre.

Y mientras otros creen la ilusión de tener, la nación fallece famélica y abandonada a su suerte, como los viejos pobres, a los que olvidan en casas de reposo, para que sean otros los que laven sus miserias. Muere la gente, porque no come, porque no sana sus males. Muere la gente porque pierde la esperanza y en su lugar, solo crece el odio y el resentimiento como la hierba mala en los terrenos baldíos.

¿Dónde se esconden las almas caritativas que del agonizante no se ocupan? ¿Presas como la madre, que por ayudar a otros presos terminó presa? ¿Dónde se ocultan los espíritus aguerridos que salgan a las calles a ponerle coto a esta desdicha que ya lleva casi dos décadas consumiendo la fe, la esperanza y el deseo de un futuro próspero? En las calles solo se ven almas penitentes, que prefieren caminar cabizbajas para no soliviantar la ira de los demonios.

Cada día pasa y no ocurre nada. Y yo, como tantos otros, lloro; porque hasta la risa nos la han robado. 

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