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Escuché en la radio, como suele ocurrir con ese medio, a medias, una entrevista que le hiciera Eduardo Rodríguez a alguien que, pese a las muchas interrupciones del entrevistador, no lo identificó mientras lo sintonicé, apenas unos minutos, debo confesarlo, el que toma trasladarse en automóvil desde Chacao a Prados del Este en Caracas. El invitado, aunque, como ya dije, interrumpido sin razón que lo justifique, decía que había una posibilidad enorme en el 2024, con las presidenciales, porque en el 2025 tendrían lugar unas mega-elecciones, en las que además de gobernadores y alcaldes, asambleas legislativas y concejos municipales, se elegiría una nueva Asamblea Nacional. No estoy de acuerdo, pero es, de hecho, una postura razonada. No puedo criticar la vinculación de estas mega-elecciones y las presidenciales con una forma de superar la crisis porque no escuché todo, y no deseo descontextualizar las palabras. Hablaba pues, de dialogar con el gobierno, lo que de entrada tampoco juzgo, pero no comparto. Sin embargo, me hizo mucho ruido una afirmación del entrevistado. Decía este que, a pesar de lo dicho por infinidad de personas, y agrego yo, muchas de ellas muy bien calificadas, había normalidad política en Venezuela y que solo se requería normalizar la economía. Debo insistir, me incordió sobremanera tal aserción.

Puedo concebir una visión pragmática que busque mejorar la cotidianidad de los ciudadanos, cosa que, a pesar de los anuncios sobre mejoras económicas, nadie ve ni mucho menos cree. Puedo reconocerles que, ante la esterilidad de la oposición para crear rutas que conduzcan a la transición anhelada por la mayoría de los venezolanos, opten por buscar alguna cohabitación con el gobierno, aunque sea precaria. Podría comprender que derrotados, claudiquen como se vio forzada a hacerlo Francia en mayo del ‘40. No puedo, sin embargo, tragarme una «normalidad política» en un país donde hay presos políticos y casos documentados de tortura y asesinato, y que sus más altos funcionarios encaren un posible juicio por delitos de lesa humanidad. No acepto, como ciudadano, como católico y como demócrata convencido, que se pretenda normalizar el horror. Me asquea tan infeliz declaración.

Suelo leer todo lo que ocurre dentro de un contexto, y, dudo mucho que estos manifiestos aislados de analistas y dirigentes políticos no respondan a una estrategia que, con el genuino interés de buscar alguna clase de acuerdo con el gobierno que le permita a la oposición y, sobre todo, al empresariado sortear la crisis. Cabe recordar que nada más tonto hay en este mundo, que creer en besos de putas.

Viene al caso recordar no solo las mentiras descaradas de Hitler a la comunidad de naciones, sino también las del nuevo «führer», el presidente ruso Vladimir Putin. Juró aquel y jura este que no invadirían más y que su ocupación respondía a legítimos intereses históricos de sus pueblos (aunque bien sabemos, esos intereses pueden cambiar y, sin dudas, cambian). El gobierno revolucionario ha hecho de la mentira y del embeleco su principal política. Juró Chávez muchísimas cosas que no cumplió. Juran los presidentes del Grupo de Puebla que no harán atrocidades que luego, perpetran sin pudor ni respeto por sus propias palabras. ¿Por qué he de creerle al gobierno revolucionario si tras más de veinte años gobernando, no han hecho otra cosa que mentir para concretar su proyecto hegemónico?

Insisto, tonto el que grandecito, cree en besos de putas.

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