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Baden Goyo: La vida es una nota

Tenía ocho años cuando el padre, apasionado melómano, lo inscribió en un curso introductorio de música. Un curso breve, de quince días. Nunca imaginó que esas dos semanas iban a marcar y definir la vida de su hijo.

Baden Goyo, pianista, arreglista y compositor, entendió desde ese momento que la música era el lugar al cual pertenecía, el espacio en el cual se sentía más cómodo, un mundo mágico, sorprendente, del cual no pudo ni quiso alejarse más nunca.

La música ocupó sus horas de estudio y su tiempo libre, lo llenó de goce y de emociones. 

Durante doce años cursó estudios formales en el Conservatorio Lino Gallardo de Caracas, su ciudad de origen, y el piano fue siempre su instrumento.

– Estaba en preescolar cuando la maestra nos mandó a dibujar lo que queríamos ser de grandes. Yo hice dos dibujos, en uno tenía una bata de científico y en el otro estaba tocando un piano – recuerda con una amplia sonrisa-.

 

baden goyo

 

¿Y recuerdas la sensación que probaste cuando pudiste tocar un piano de verdad?

Sí, perfectamente. Yo deseaba mucho un piano pero era muy costoso así que mis padres me regalaron un teclado Yamaha que todavía conservo. Cuando vi por primera vez un piano, en mi escuela de música, me pareció enorme y muy pesado con respecto a mi tecladito. Era un instrumento que exigía respeto.

 

En tus composiciones y arreglos fusionas la música popular y el jazz. ¿En qué momento desarrollaste la pasión hacia esos géneros?

En mi casa se escuchaba mucha música, gracias a mi padre. Se puede decir que crecí entre música y mucha de ella era música popular venezolana. Sin embargo fue a los 16 – 17 años cuando realmente empecé a sentir una gran afinidad con la música popular y una gran curiosidad e inquietud hacia el jazz. Una profesora me recomendó con Gerry Weil, un pianista que ha desarrollado un enorme trabajo docente en Venezuela y quien fue pionero de la educación del jazz en Venezuela. Con Weil han estudiado los más importantes músicos de los últimos 30-40 años. A los 18 años se convirtió en mi mentor, mi maestro. Con él estudié durante cinco años y nos volvimos muy amigos. Es gracias a su enseñanza que pude realmente apreciar, entrar dentro del jazz y de la música popular.

 

¿Y en Nueva York estás estudiando también?

Soñaba con venir a Nueva York. Quería seguir profundizando mi conocimiento del jazz y este es el lugar ideal. Pude hacerlo cuando gané una beca en la Universidad The New School que estoy casi por terminar.

 

¿Qué es lo que tienen en común el jazz y la música popular venezolana?

Soy fanático de una cantidad de músicos y agrupaciones venezolanas emblemáticas como por ejemplo la Serenata Guayanesa, el Ensamble Gurrufío entre otras. En Venezuela iba a todos sus conciertos. Cuando descubrí el mundo del jazz sentí de inmediato el deseo de lograr una fusión entre esos dos géneros. En cuanto a lo que tienen en común creo que lo primero que resalta es que ambos son géneros de raíces, son manifestaciones tradicionales de una región específica. Estilísticamente no comparten muchas cosas pero siento que la música venezolana puede ser enriquecida con las armonías del jazz. Los ritmos venezolanos son fabulosos, súper variados. En la costa hay una cantidad increíble de ritmos afro-venezolanos que es un tesoro todavía inexplorado. La gente conoce la música afro-cubana, afro-brasilera pero hay todo un universo de música con raíces africanas que se ha desarrollado en la costa venezolana y que merece ser conocido. La parte armónica o estética venezolana es un poco simple así que al añadirle las armonías del jazz, más densas y sofisticadas, se logra que resalte más y que llegue con mayor facilidad a otros oídos, otras latitudes, allá donde aún no la aprecian.

 

¿Qué diferencias hay entre los otros ritmos con raíces africana y el afro-venezolano?

Antes que nada la instrumentación. Cada una de estas tradiciones ha desarrollado unos tambores autóctonos. En la tradición venezolana encontramos desde el Cumaco, que es muy grande y suena como un bombo, hasta la Paila que tiene un sonido similar al de un timbal súper agudo. En Venezuela hay una cantidad de tambores muy particulares que no encontramos en las otras tradiciones. En cuanto al ritmo, el venezolano se diferencia del cubano y de otros porque no está basado en clave. Es distinto a la clave 3-2 o 2-3 de los cubanos. También hay algunas diferencias en las medidas rítmicas. En Venezuela hay mayor relación con las medidas ternarias que encontramos en parte en los ritmos afro-peruanos mientras que en otros, como por ejemplo los cubanos, casi todo es binario. En la costa venezolana hay tambores relacionados con una métrica que no se utiliza en otras latitudes.

 

 

Una de tus composiciones fue utilizada por Rubén Blades en su último disco Salsa Big Bang que ha ganado el Grammy Latino para el mejor álbum de salsa. ¿Cómo llegaste hasta Rubén Blades?

Estaba trabajando en una composición basada en el ritmo original de un tambor de Patanemo, un género de la costa afro-venezolana. Mi amiga, la trompetista y cantante venezolana Linda Briceño estaba produciendo un disco de otra extraordinaria cantante de Venezuela, MV Caldera y quería insertar una canción en dúo con Rubén Blades. Sin embargo no habían encontrado una melodía que les pareciera adecuada y, cuando yo le toqué la composición sobre la cual estaba trabajando, quedó fascinada y me pidió utilizarla para esa canción. Feliz le grabé una maqueta, ella la mandó a Rubén Blades y a él le gustó tanto que, no solamente, aceptó cantarla para el disco de MV Caldera sino que me pidió el permiso de utilizarla para insertarla, con otro texto, en el álbum que estaba terminando. Imagínate mi felicidad. En el disco de Rubén la canción se titula Adonde.

 

¿Generalmente compones solamente la música o también escribes las letras?

La mayoría de mis composiciones son instrumentales, No le pongo letras. Sin embargo hay una excepción que me gusta mucho. Es un tema que saqué en diciembre y se llama Nostalgia caraqueña. Antes compuse la música de un merengue caraqueño y luego me animé a escribir la letra y a cantarla. Preparé también un video mezclando tomas espectaculares de Caracas con otras del estudio. Fue un trabajo muy placentero.

 

¿Podríamos decir que la música es tu camino para metabolizar la nostalgia?

La música, como cualquier otra forma de arte, ayuda a expresar nostalgias, tristezas, alegrías. Es un medio perfecto para sublimar esos sentimientos. Sin embargo es también un vehículo a través del cual deseo sembrar una esperanza. Es por eso que para el video de Nostalgia Caraqueña utilicé tomas hermosas de Caracas, esa ciudad bonita que todos conocimos alguna vez. A través de la música espero dejar un mensaje de aliento a todos quienes viven mi misma nostalgia, no importa si están dentro o fuera de Venezuela.

 

Has tocado en diferentes países y con músicos diversos. A veces acompañado solamente por un violín, como en el caso de tus conciertos con el Maestro Eddy Marcano, a veces con más músicos. ¿Cómo han sido esas experiencias?

Tocar con músicos de otros países es siempre muy enriquecedor. Se aprende mucho de las otras culturas, de su manera de ser y de la música. Disfruto compartir mi música o la música de mi cultura con personas de otros países. En ciertos casos, para tocar algunas de mis composiciones, siento que me resulta mejor hacerlo con alguien que tiene un poco de bagaje de conocimiento de mis raíces. A veces por lo menos la percusión tiene que ser venezolana porque hay detalles que son difíciles de emular por más que se estudien. Es un ritmo que se lleva en las venas.  Sin embargo, en lo general, me encanta tocar con músicos de otras culturas, aprendo de ellos y me alegra difundir la tradición musical de mi país.

 

 

¿Sientes que después de cada viaje algo cambia en tu manera de vivir la música y en tus composiciones?

Cuando viajas a lugares nuevos, conoces una cultura diferente, otra tradición musical, es inevitable que regreses cambiado. Todas esas experiencias van enriqueciendo tu lado creativo.

 

Nueva York en sí misma es una ciudad en la cual se cruzan culturas diversas y casi todos los grupos musicales están compuestos por músicos de diferentes países. ¿Para ti ha sido fácil o difícil acostumbrarte a un ambiente tan variado?

Para mi ha sido muy enriquecedor y emocionante. Ha representado también un gran reto porque los músicos comunican entre sí en inglés y al comienzo yo no lograba expresarme con soltura en ese idioma aunque lo entendía perfectamente. De todas formas es un privilegio y un gran aprendizaje poder compartir con personas tan diferentes. Es lo que me fascina de Nueva York.

 

¿Cuáles son los conciertos que te han dado mayores satisfacciones?

Es una pregunta difícil – admite riendo –. Los conciertos que recuerdo con más cariño son los que realicé con mi primer trio de jazz en Caracas. Se llamaba DBF Jazz y fue un proyecto muy especial porque los tres éramos muy amigos. Fuimos aprendiendo y creciendo juntos. Todos los conciertos que hacíamos eran maravillosos, memorables. Tocábamos nuestras fusiones entre la música popular y el jazz y era muy satisfactorio ver como llegaba al público no solamente nuestra música sino también la complicidad y conexión que nos unía. También recuerdo con mucha alegría algunos conciertos increíbles que hice con el Maestro violinista Eddy Marcano. Sobre todo uno que tocamos juntos en Suiza que fue muy emblemático pero también otros en Londres y Ginebra.

 

Generalmente los músicos desarrollan un gran amor hacia su instrumento y lo llevan a todas partes. ¿Cómo hace un pianista que naturalmente no puede viajar con su piano a cuestas?

El pianista, como cualquier otro músico, desarrolla un amor muy especial hacia su instrumento. Es verdad que no puedes ir a todos lados con tu piano, sin embargo tu piano, el que tienes en casa, en mi caso el primer piano acústico que tuve en mi vida,  se transforma en un lugar muy especial. Es el lugar donde creas, escribes la música, estudias. Yo llevo conmigo dos fotos que apoyo en los otros pianos, una de mi piano y otra del espacio en general. Ese es el lugar donde ocurre la magia. Gerry Weil, mi profesor, tiene el mismo piano Yamaha que compró en los años ’70 y se lo ha llevado a Mérida, donde vivió un tiempo, y a Caracas. Ese es su piano a muerte.

 

¿Proyectos futuros?

Hay dos que saldrán en los próximos días y me tienen muy emocionado. El primero es la realización de un sueño que tenía guardado desde hace mucho tiempo. Un álbum con el Maestro Gerry Weil. Lo grabé en diciembre en Caracas. Son temas que tocamos a dos pianos. Es algo muy especial para mi porque Gerry Weil ha sido mi mentor, mi maestro, un músico que admiro profundamente y con el cual he desarrollado una gran amistad. El otro es un álbum que grabamos con el proyecto Venezuelan Rooth, que está conformado por seis músicos Manuel Rangel (Maracas), Leo Rondon (Cuatro), Julio D’Santiago (Batería), Layo Puentes (Contrabajo) y yo en el Piano. Somos todos venezolanos y vivimos en lugares distintos. Con ellos tocamos en Londres y Suiza. El disco incluye varias de mis composiciones y también temas de los otros músicos.

 

Badén Goyo transcurre cada momento de su día entregado a la música. Lo hace con una pasión y una alegría sin iguales. Emociona ver el amor que transmite al instrumento momentos antes de empezar a tocar. Lo acaricia con la mirada y con las manos. Es un instante en el cual se hace palpable la complicidad entre el instrumento y el músico. Luego suelta al aire los primeros acordes y se desata la magia.

Badén cierra los ojos, sonríe. Y no queda ninguna duda: Su vida es una nota.


Photo Credits (Video): Alan Levine

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