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Celeste Olalquiaga

Babel tropical (Parte III)

Hay rumores de que El Helicoide tiene túneles subterráneos que llegan a diferentes partes de la ciudad. Cual una hélice risomática cuyas volutas esparcen desperdicio y desilusión, las barriadas alrededor del edificio se han multiplicado, así como el cuerpo de seguridad instalado en sus entrañas. Los barrios envuelven tan de cerca al edificio que se fusionan topográficamente con sus curvas, mientras que éste sirve de plataforma para operaciones policiales. El Helicoide resulta una extraña y surreal plataforma, tan inusitada, impredecible y singular como la fisionomía siempre cambiante de Caracas.

Para la mayoría de los caraqueños, El Helicoide es simplemente parte del paisaje, uno de muchos edificios inacabados o abandonados de los años 50 y 60, cuando Caracas conoció su boom moderno y se expandió en todos los sentidos. Fue un tiempo de gran desarrollo nacional que algunos recuerdan con profunda nostalgia, ya sea por el régimen dictatorial que dio a la ciudad su infraestructura moderna, ya por la democracia floreciente que advino inmediatamente después de décadas de dictaduras casi consecutivas, cada una estampando su propio carácter al fértil valle que otrora albergara haciendas de café y tabaco. La transformación de Caracas fue realmente fulgurante: en las cuatro décadas que siguieron al descubrimiento del petróleo en 1918, la ciudad pasó de un pueblo tranquilo y semi-rural de 140.000 habitantes, a una capital efervescente de América Latina con una población de más de 1.2 millones de personas, repleta de autopistas, rascacielos y escuelas para las familias de las compañías petroleras extranjeras (Shell, Mobil, Exxon) que se afanaban en bombear el subsuelo venezolano.

Recién inaugurada, la democracia venezolana surgió llena de proyectos, ávida de asir una modernidad para la cual el país parecía finalmente maduro, lista para ponerse al día con un mundo que por mucho tiempo había admirado. No obstante, al igual que muchas otras naciones, esta democracia se construyó a costa de una vasta mayoría a la que rara vez se visibilizaba y mucho menos reconocía. La “fiesta fabulosa”, como los venezolanos llamaron al período de las décadas de los 40 a los 70, llegó a su fin en 1999 con el auge de la Revolución Bolivariana liderizada por Hugo Chávez. Pero la fiesta había terminado mucho antes. El Helicoide es uno de los testimonios más fehacientes de esos extremos que han llevado a Venezuela del entusiasmo a la desesperación una y otra vez.

La modernidad es una condición truculenta, especialmente en un país como Venezuela, con un boom petrolero que irrumpió en medio de una economía semi-feudal. Ponerse al corriente de las tendencias mundiales no es igual a progresar o independizarse como nación. Sin embargo, para Venezuela, ponerse al día significó convertirse, si no en igual, al menos en un jugador comparable a su complicado vecino del norte, los Estados Unidos. Se trató entonces de emular el modelo norteamericano, entendido como modelo del futuro, de un progreso basado en los paradigmas de la inversión capital y la eficiencia mecánica. Ponerse al día significó, en forma típicamente venezolana, ganarle a los “gringos” en su propio juego: por ejemplo, construyendo un centro comercial que los dejara boquiabiertos.

Y así sucedió. En el catálogo para la exposición Roads de 1961 en el MoMA, Bernard Rudofsky y Arthur Drexler comentaban admirados que El Helicoide era “un osado emprendimiento realizado en Latinoamerica y no en los Estados Unidos, donde tanto las autopistas como los centros comerciales han contado entre nuestros esfuerzos más ambiciosos”. Esto era tan cierto que Nelson Rockefeller, quien tenía varias inversiones en Venezuela, intentó comprar El Helicoide, pero ni siquiera este magnate pudo superar el complejo litigio legal que paralizó a la construcción. El Helicoide fue una hazaña de la imaginación y la tecnología en un contexto donde estas cosas son secundarias, donde la continuidad no existe y el mantenimiento es considerado una pérdida de tiempo. Un contexto en el cual las motivaciones son presa de políticas de apropiación que subordinan al país a sus líderes en una filiación perversa .

El Helicoide representa lo contrario de aquello para lo cual fue construido. En lugar de un dinámico centro de intercambio comercial que pudo haber revitalizado la zona y sus alrededores, el edificio se volcó melancólicamente hacia adentro, condenado, como un pensamiento obsesivo, a repetirse una y otra vez. En vez de expansivo, se convirtió en una fortaleza de “la ley y el orden” en un país que ignora a ambos sistemáticamente. La torre que pudo haberse vuelto un símbolo del empuje progresista de la modernidad se convirtió en un emblema de sus fracasos, del precio que se paga por desear cambiar todo a cualquier costo, por imponer una visión unilateral, por soñar por los demás lo que quizá ellos no deseen soñar. Muchos piensan que, en su condición de semi-ruina, El Helicoide ofrece el retrato distópico más apropiado de Caracas.

Durante los últimos treinta años, El Helicoide ha actuado como un sol negro, irradiando control estatal, detenciones y violencia. Para algunos, este destino es mejor que el abandono total, pero ciertamente está muy lejos de sus grandiosas aspiraciones iniciales. Y más lejos aún de la geometría sagrada que subyace las pirámides y los templos, la danza espiral al origen de toda vida presente en estas estructuras. Al igual que aquellas construcciones ancestrales, El Helicoide, literalmente tallado en la piedra, durará cientos de años, sobreviviendo incluso explosiones nucleares. Permanecerá como ícono de un futuro que nunca llegó a ser presente.


 

*La versión original de este artículo, «Tropical Babel», fue publicada en la revista Cabinet 52 (Winter 2013-14) y su traducción al castellano, «Babel tropical», en la revista digital Prodavinci en Enero 2015. Traducción de Juan Pizzani, revisada por la autora.


Photo Credits: Julio César Mesa

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