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Ilan stavans, Federico Sucre, margara russotto
Ilan stavans, Federico Sucre, margara russotto

Andrés Eloy Blanco (1897-1955) (Cap. V)

The Lyrical Mandate / El mandato del canto

Antología de poesía venezolana del siglo XX 

Nacido en  Cumaná Andrés Eloy Blanco fue abogado, escritor, humorista y político, así como poeta. Estudió leyes en la Universidad Central de Venezuela. Reconocido tempranamente en España y en Venezuela, perteneció a la ‘Generación del 18’, un grupo de estudiantes cuya intención era derrocar la dictadura de  Juan Vicente Gómez. Años después,  Andrés Eloy Blanco sirvió en los gobiernos de Eleazar López Contreras y Rómulo Gallegos y fue fundador de la Acción Democrática, uno de los partidos políticos más importantes de Venezuela. También sirvió en el Congreso y como presidente de la Asamblea Constituyente en 1946. Entre sus libros se cuentan Las cuatro puertas (1924), Barco de piedra (1937) y Baedeker 2000 (1938). En el espíritu de la «Negritud», un movimiento caribeño representado por las voces de autores como Nicolás Guillén, su poema rapsódico “Píntame angelitos negros”, publicado póstumamente en La Juanbimbada (1959), no es solamente una acusación del racismo sino una celebración del mestizaje.

Born in Cumana, Andrés Eloy Blanco was a lawyer, writer, humorist, and politician, as well as a poet who studied law at Universidad Central de Venezuela. Recognized early on in Spain as well as Venezuela, he belonged to the “Generación del 28,” a group of students intent on bringing down Juan Vicente Gómez’s dictatorship. Later on, Blanco served in the governments of Eleazar López Contreras and Rómulo Gallegos, and was the founder of Acción Democrática, one of Venezuela’s most important political parties. He also served as Congressman and President of the Constituent Assembly in 1946.  Among his books are Las cuatro puertas (1924), Barco de piedra (Boat of Stone, 1937), and Baedeker 2000 (1938). In the spirit of the Negritud movement in the Caribbean Basin, represented by voices like Nicolás Guillén, his rhapsodic “Píntame angelitos negros” (Draw Black Little Angeles for Me,” published posthumously in La Juanbimbada (1959), is not only an indictment of racism but also a celebration of “mestizaje.” Compadre and comadre, in the Spanish-speaking world, refer to godfathers and godmothers respectively, as well as close friends.

 

Píntame angelitos negros

¡Ah mundo! La negra Juana,
¡la mano que le pasó!
Se le murió su negrito,
sí, señor.

Ay, compadrito del alma,
¡Tan sano que estaba el negro!
Yo no le acataba el pliegue,
yo no le miraba el hueso;
como yo me enflaquecía,
lo medía con mi cuerpo,
se me iba poniendo flaco
como yo me iba poniendo.
se me murió mi negrito;
dios lo tendría dispuesto;
ya lo tendrá colocao
como angelito de Cielo.

Desengáñese, comadre,
que no hay angelitos negros.

Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos
no te acuerdas de tu pueblo,
que cuando pintas tus Vírgenes
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero,
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

¿No hay un pintor que pintara
angelitos de mi pueblo?
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Ángel de buena familia
no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra,
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.

Si sabes pintar tu tierra,
así has de pintar tu cielo,
con su sol que tuesta blancos,
con su sol que suda negros,
porque para eso lo tienes
calentito y de los buenos.
Aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay una iglesia de rumbo,
no hay una iglesia de pueblo,
donde hayan dejado entrar
al cuadro angelitos negros.
Y entonces, ¿adónde van,
angelitos de mi pueblo,
zamuritos de Guaribe,
torditos de Barlovento?

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar tu cielo,
cuando pintes angelitos
acuérdate de tu pueblo,
y al lado del ángel rubio,
y junto al ángel trigueño,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

 

Paint Me Black Little Angels

Ah, world! Negra Juana,

she’s been through hell!

Her negrito died,

yes sir.

Oh, dearest compadre,

my negro was so healthy!

I didn’t feel his folds,

I didn’t see his bones;

As I lost weight,

I measured him with my body,

seeing he was thinning out

as did I.

My negrito has died;

it was part of God’s plan;

he must be by his side now

as a heavenly little angel.

Watch out, comadre,

there are no black angels.

Painter of bedroom saints,

painter with no earth in the breast,

you who paints your saints

without remembering your people,

you who paints your Virgins

and such beautiful little angels,

but you never remembered

to paint a black angel.

Painter born in my country,

with a foreign paintbrush,

painter who follows the path

of so many old painters,

even if the Virgin is white,

paint me black little angels.

Isn’t there a painter to draw

little angels of my people?

I want little white angels

with little dark angels.

Angels from good families

aren’t enough for my heaven.

If there’s a painter of saints left,

if there’s a painter of heavens left,

may he draw the heaven of my land,

with the tones of my people,

with its angels of fine pearl,

with its angels of auburn hair,

with its blonde angels,

with its dark angels,

with its white little angels,

with its Indian little angels,

with its black little angels,

who go around eating mango

in the quarters of heaven.

If someday I go to heaven,

I have to find you there,

my devilish little angel,

my dark black seraphim.

If you know how to paint your land,

as such you shall paint your heaven,

with its sun that toasts whites,

with its sun that sweats blacks,

because that’s why you have it,

warm and so good.

Even if the Virgin is white,

paint me black little angels.

There is no passing church,

there is no village church,

where they have allowed into

the canvas black little angels.

So where do they go, then,

my people’s little angels,

little vultures of Guaribe,

little ouzels of Barlovento?

Painter, you who paints your land,

if you want to draw your heaven,

when you paint little angels

remember your people

and next to the blond angel

side by side with the brunette one,

even if the Virgin is white,

paint me black little angels.

[Federico Sucre]

 

Las uvas del tiempo

Madre: esta noche se nos muere un año.
En esta ciudad grande, todos están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como todos tienen su madre cerca…
¡Yo estoy tan solo, madre,
tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año
pasado que se queda.
Si vieras, si escucharas este alboroto: hay hombres
vestidos de locura, con cacerolas viejas,
tambores de sartenes,
cencerros y cornetas;
el hálito canalla
de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.

Esta es la noche en que todos se ponen
en los ojos la venda,
para olvidar que hay alguien cerrando un libro,
para no ver la periódica liquidación de cuentas,
donde van las partidas al Haber de la Muerte,
por lo que viene y por lo que se queda,
porque no lo sufrimos se ha perdido
y lo gozado ayer es una pérdida.

Aquí es de la tradición que en esta noche,
cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,
todos los hombres coman, al compás de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!,
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos caridad; la alegría
de cada cual va sola, y la tristeza
del que está al margen del tumulto acusa
lo inevitable de la casa ajena.

¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes,
sin conocerse, con la buena nueva!
Las manos que se buscan con la efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo, bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
“¡Venid compadre, que las horas pasan;
pero aprendamos a pasar con ellas!”
Y el cañonazo en la Planicie,
y el himno nacional desde la iglesia,
y el amigo que viene a saludarnos:
“feliz año, señores”, y los criados que llegan
a recibir en nuestros brazos
el amor de la casa buena.

Y el beso familiar a medianoche:
“La bendición, mi madre”
“Que el Señor la proteja…”
Y después, en el claro comedor, la familia
congregada para la cena,
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
¡Madre, cómo son ácidas
las uvas de la ausencia!

¡Mi casona oriental! Aquella casa
con claustros coloniales, portón y enredaderas,
el molino de viento y los granados,
los grandes libros de la biblioteca
—mis libros preferidos: tres tomos con imágenes
que hablaban de los reinos de la Naturaleza—.
Al lado, el gran corral, donde parece
que hay dinero enterrado desde la Independencia;
el corral con guayabos y almendros,
el corral con peonías y cerezas
y el gran parral que daba todo el año
uvas más dulces que la miel de las abejas.

Bajo el parral hay un estanque;
un baño en ese estanque sabe a Grecia;
del verde artesonado, las uvas en racimos,
tan bajas, que del agua se podría cogerlas,
y mientras en los labios se desangra la uva,
los pies hacen saltar el agua fresca.

Cuando llegaba la sazón tenía
cada racimo un capuchón de tela,
para salvarlo de la gula
de las avispas negras,
y tenían entonces
una gracia invernal las uvas nuestras,
arrebujadas en sus talas blancas,
sordas a la canción de las abejas…

Y ahora, madre, que tan sólo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo las uvas de los meses
sobre el recuerdo de la viña seca,
siento que toda la acidez del mundo
se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura
las uvas de la ausencia.

Y ahora me pregunto:
¿Por qué razón estoy yo aquí? ¿Qué fuerza pudo
más que tu amor, que me llevaba
a la dulce aninomia de tu puerta?
¡Oh miserable vara que nos mides!
¡El Renombre, la Gloria…, pobre cosa pequeña!
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,
cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!

Y esta es la lucha ante los hombres malos
y ante las almas buenas;
yo soy un hombre a solas en busca de un camino.
¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda
que a ti me lleva, madre; la verdad que corta
por los campos frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico, con muchachas de la aldea,
hombres que dicen: “Buenos días, niño,”
y el queso que me guardas siempre para merienda?
Esa es la Gloria, madre, para un hombre
que se llamó fray Luis y era poeta.

¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede
mi poesía andar como una reina!
¿Qué sabes tú de formas y doctrinas,
de metros y de escuela?
Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, soy grande; cuando dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas…
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde todo!
¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta
y en la última uva libo la última gota
del año que se aleja,
pienso en que tienes todavía, madre,
retazos de carbón en la cabeza,
y ojos tan bellos que por mí regaron
su clara pleamar en tus ojeras,
y manos pulcras, y esbeltez de talle,
donde hay la gracia de la espiga nueva;
que eres hermosa, madre, todavía,
y yo estoy loco por estar de vuelta,
porque tú eres la Gloria de mis años
y no quiero volver cuando estés vieja!…

Uvas del Tiempo que mi ser escancia
en el recuerdo de la viña seca,
¡cómo me pierdo, madre, en los caminos
hacia la devoción de tu vereda!
Y en esta algarabía de la ciudad borracha,
donde va mi emoción sin compañera,
mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.
Mi labio está bebiendo de tu seno,
que es el racimo de la parra buena,
el buen racimo que exprimí en el día
sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.

Madre, esta noche se nos muere un año;
todos estos señores tienen su madre cerca,
y al lado mío mi tristeza muda
tiene el dolor de una muchacha muerta…
Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche Vieja.

 

The Grapes of Time

Mother: tonight, a year dies.

In this huge city, everyone is partying;

drums, serenades, shouting, ah, how they shout!;

of course, everyone has their mother nearby…

I’m so lonely, mother,

so lonely!; but that’s a lie, I wish I were;

I’m with your memory, and memories are past years

that remain.

If you saw, if you heard this commotion: there are men

wearing madness, with old pots,

drums made of pans,

cowbells and horns;

the despicable breath

of drunken women;

the devil, with ten lit cans in its tail,

walks through the streets improvising tricks,

and in this frenzied uproar that takes over

the great hysterical city,

my loneliness and your memory, mother,

wander around as two lost souls.

This is the night when everyone is

blindfolded,

to forget that there is someone closing a book,

to avoid confronting the periodic settlement of accounts,

with the balance of Death

given what will come and what remains;

since we have not suffered, we have lost it,

and what we enjoyed yesterday vanished.

Tradition here says that on this night,

when the clock announces the New Year’s arrival,

all men eat, to the beat of the hours,

the twelve grapes of New Year’s Eve.

But here they neither hug nor cry: HAPPY NEW YEAR!,

as they would in my country’s towns.

In this joy there is less charity; each one’s joy

wanders alone, and the sorrow

of the one who outside the turmoil, condemns

the inevitable of the other’s home.

Oh, our plazas, where people go,

as strangers, with the good news!

The hands that seek each other with the unanimous

desire to be ants of the same cave;

and to the man who is alone, under a tree,

they cheer uplifting chants:

«Come compadre, the hours go by;

but we learn to go along with them!»

And the cannon on the Plains,

and the national anthem playing from the church,

and the friend who stops by to greet us:

«Happy New Year, gentlemen,» and the servants who arrive

to receive in our arms

the love of the good home.

And the family kiss at midnight:

La bendición, my mother”

“May God protect you…”

And then, in the clear dining room,

the whole family gathered for dinner,

with two close friends, and you, mother, next to me,

and my father, somewhat sad, presiding the table.

Mother, how sour are

the grapes of absence!

My oriental mansion! That house

with colonial cloisters, gateways and vines,

windmills and pomegranates,

large library books

-my favorite books: three volumes with images

that illustrated the kingdoms of Nature.

Next, the big corral, where there seems

to be buried money since Independence;

the corral with guava and almond trees,

the corral with peonies and cherries

and the great vine arbor that all year gave us

grapes sweeter than bees’ honey.

Under the arbor there is a pond;

a dip in that pool tastes like Greece;

the coffered green, the grapes in bunches,

so low that water could caress them,

and while the grapes bleed on the lips,

the feet splash fresh water.

When the ripe season had arrived

each bunch had a cap of cloth,

to save it from the gluttony

of black wasps,

and they then had

a wintry grace, our grapes,

wrapped in their white logging,

deaf to the song of bees…

And now, mother, that I only have

the twelve grapes of the Year’s Eve,

today that I squeeze each month’s grape

on the memory of the dry vineyard,

I feel that the whole world’s acidity

is immersing into it,

because they have the acid of what once was sweetness,

the grapes of absence.

And now I wonder:

Why am I here? What force pulled stronger

than your love, which carried me

to the sweet anonymity of your door?

Oh wretched stick that measures us!

Fame, Glory…, poor little thing!

When I left my home seeking out Glory,

How I forgot the Glory my home embodied!

And this is the struggle with the evil men

and with the good souls;

I am a lonely man in search of a path.

Where shall I find a better path than the road

which brings me to you, mother; the truth that cuts

through the orchards, painted with dry leaves,

always freshly rained,

with tropical birds, with girls from the village,

men who say, «Good morning, boy”

and the cheese snacks that you always save me for merienda?

That is the Glory, mother, for a man who

was once called Fray Luis and was a poet.

Oh my house without critics, my house where

my poetry can wander like a queen!

What do you know about forms and doctrines,

about meters and schools?

You are my mother, you, who always tells me

that all my poems are beautiful;

for you, I am great; when you say my verses,

I don’t know if you are talking or praying…

And while we squeeze in the grapes of Time

a whole absurd life, the promise

to meet again lengthens,

and the time to leave approaches,

and we do not think that everything gets lost!

So, tonight, as the party unfolds

and I lick the last drop of the last grape

of the year that fades away,

I imagine you still have, mother,

snippets of coal throughout your head,

and those beautiful eyes that once sprinkled

its clear tide over your bags,

and tidy hands, and slender torso,

where the grace of the new spike emerges;

you’re beautiful, mother, still,

and I’m crazy to be back,

for you are the true Glory of my years

and I don’t want to come back when you’re too old!…

Grapes of Time that my being pours

in memory of the dry vineyard,

How I lose myself, mother, on the paths

towards the devotion of your road!

And in this hubbub of the drunken town,

where my emotion wanders without companion,

while men eat each months’ grapes,

I take refuge in my memories like a child against a door.

My lip is drinking from your breast,

which it is the bunch of the good vines,

the cluster that I squeezed during the day

with no awareness of my unconsciousness.

Mother, tonight a year dies;

all these gentlemen have their mothers nearby,

and beside me my silent sadness

suffers the pain of a dead girl…

And all the acidity of the world

came to distill its twelve trembling drops

when, upon my silence, fell

the twelve grapes of the Year’s Eve.

[Federico Sucre]

Hey you,
¿nos brindas un café?