Para nosotros, a tantos siglos de distancia, implica un esfuerzo de imaginación: un cuerpo inerte, pastoso y húmedo, extendido sobre una mesa, siendo diseccionado e interpretado ante un enorme auditorio. La mesa sería a su vez tarima; el anatomista y cirujano, haría las veces de profesor y actor; las gradas estarían pobladas por estudiantes que inevitablemente se transformarían en público. Y en medio de todo, el cuerpo, ejerciendo una atracción centrípeta sobre todas las miradas, eje del escenario y el evento, a medio camino entre la materia inanimada y la revelación. Se trata del Theatrum Anatomicum de Frederik Ruysch, donde efectivamente convergía la ciencia médica y el arte dramático: Ruysch hacía de la disección un recorrido por su propia versión del pensamiento humano. Hay que imaginar los olores ásperos y rancios, la tos de los asistentes, la humedad pesada, los sonidos resbaladizos que recorrían la penumbra de esa sala situada en la Leiden del siglo XVII.

Pero es necesario desconfiar de lo obvio. Muchas veces, la nitidez que poseen las cosas no es tal, sino una mera imposición nuestra, que hemos dictado fronteras arbitrarias a los cuerpos en el espacio. Así, podría decirse que las obras mencionadas, junto con otras, forman parte de una suerte de intersección, en la cual se cruzan y superponen las nociones del cuerpo humano sostenidas por la medicina y las artes visuales respectivamente. Sin embargo, desde entonces, la ciencia médica ha ido afinando la exactitud de sus mapas anatómicos –capaces del detalle microscópico desde hace décadas– mientras que el arte se ha encargado de hacer borroso el cuerpo, como ya venía haciendo: formulándolo y reformulándolo una y otra vez, incapaz de conformarse, incapaz de agotar sus bordes. Lo que para el anatomista resulta evidente, para el artista es un misterio hecho de carne, huesos, tendones, cartílagos, fluidos.
La exposición September 1955, de Mercedes Elena González, recientemente tuvo lugar en la galería Henrique Faría Fine Art, de Nueva York. Reúne varias obras de pequeño formato, ejecutadas con grafito y gouache sobre muestras de color o sobre papel previamente coloreado, ya fuera con lápices, acuarela o ambos. Estos cuadros breves y densos pueden ser leídos como un conjunto coherente, una constelación de fragmentos recorridos por un mismo hilo conductor. La base de cada pieza está conformada por figuras geométricas, trazos regulares y masas cromáticas definidas: vestigios de lo que podría haber sido un elogio de la medida y la proporción. No obstante, el tamaño de las obras –algunas de las cuales apenas superan los diez centímetros de alto y son incluso más estrechas de ancho– impide que esta geometría se consume; antes bien, queda trunca, cortada justo al borde de la obra. Son figuras de una regularidad tan mutilada como impasible.

Se trata de arterias impares, de ramas sin tronco, del terco fluir de un cuerpo que no podemos ver. Este líquido negro se vierte sobre las obras con la insistencia y la asimetría de lo orgánico. Esto es materia viva, pareciera decir, el signo mínimo pero indisoluble de lo vivo, quebrando proporción y pulcritud a su paso. El manejo de estos fluidos opacos no es nuevo en la obra de González. De hecho, podría decirse que es su firma: recorre sus trabajos desde hace muchos años. Una mención especial requiere la exposición Pelikan, llevada a cabo en el 2009, en la galería Faría + Fábregas de Caracas. Allí no solamente podía toparse el espectador con cuadros de pequeño y gran formato recorridos por entramados de trazos oscuros, sino también con genuinos brotes de estas formas proliferantes, sin domesticar, segregadas por las paredes. El contraste generado en September 1955 con estas formas a través del contacto con el color y la geometría, en Pelikan era producido por el blanco esmerado de las pareces, casi encandilante.
En las obras que componen September 1955, esta misma materia se despliega y desarticula la impasibilidad de las líneas que componen las figuras abstractas. Se filtra la sustancia indeterminada de lo viviente, con todo lo que posee de imprevisible y hasta siniestro –esto último justamente a causa de no poder ser clasificada: este líquido negro bien pudiera ser animal o vegetal. En todo caso, se trata de la irregularidad de lo vivo irrumpiendo en la obra con la potencia de un enigma.



