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Ana Merino: “El cómic dialoga con la construcción de la sociedad en la que se está”

Ana Merino es una mujer sonriente. El humor y la pasión por sus materias de estudio rigen una personalidad que oscila del comentario docto a la burla y el desparpajo. El minucioso abordaje del cómic, reúne junto a la escritora de poesía, un esbozo alegre de su personalidad. Los estudiantes del Programa de Escritura Creativa de New York University tuvimos la oportunidad de analizar y recorrer sus intereses en un par de clases, compuestas de dibujos y viñetas. En esa experiencia de creación conjunta, Merino insistió en que el trabajo grupal nos libra de la responsabilidad de la historia, aparta la tensión y sigue con el juego. La crítica, la sátira, el incorregible modo de la resistencia puede ser también un gato, una pelotita o una nube. Merino, quien también dirige el MFA en Escritura Creativa en La Universidad de Iowa, es autora (entre otros) de los títulos Los buenos propósitos, Compañera de celda, Curación y La voz de los relojes. Además de numerosísimos artículos sobre cómics, una monografía crítica sobre Chris Ware y el ensayo El cómic hispánico.

Como nos comentaste, hasta hace poco hubo mucha resistencia ante la novedad de la incursión discursiva del cómic. Por ejemplo, la mención de los movimientos under. ¿Cómo avanza la crítica académica hacia esta manifestación?

Es cierto que a muchos teóricos en el siglo XX les parecía problemático, porque el cómic ofrecía una mirada que mezclaba la alta y baja cultura. Curiosamente el cambio y las grandes transformaciones de nuestra época mezclan esos matices de lo bajo y lo alto. Esos códigos ahora se han transformado. Muchas miradas teóricas de los años setenta y ochenta percibían al cómic como un elemento imperialista, ligado a los elementos postcoloniales de las construcciones culturales, ajeno en relación con lo autóctono, o a un espacio que dialogase con lo literario. Esa generación no era capaz de redescubrir que el cómic tenía muchísimos matices expresivos. Ese era el reto al que mi generación de teóricos se enfrentó: cambiar esa mirada prejuiciosa contra los cómics.

¿Sientes que ese eventual desdén que tuvo la institución hacia el cómic es porque sentía que había algo amenazante?

Rius tuvo muchísimos problemas, e incluso le hicieron un simulacro de fusilamiento en los sesenta. El cómic abarca muchos espacios, ofrece la posibilidad de que haya un cuestionamiento en forma de viñeta, cuadernillo, o tira gráfica; es un campo magnífico, de una riqueza maravillosa. La viñeta satírica es un parámetro que resulta insostenible para determinados fanatismos. Yo estudié el cómic que se desarrolló durante el franquismo, y ahí ves un cuestionamiento de lo que ocurre desde una mirada infantil, donde la heroína podía ser una criada tartamuda que vivía determinadas situaciones y se enfrentaba a su patrona. Ese cuestionamiento del poder a través del humor, me interesa muchísimo.  El cómic dialoga con la construcción de la sociedad en la que se está.

En tu primera clase hicimos un ejercicio en que rotábamos nuestro dibujo por la mesa para que él de al lado continuara nuestra historia. Un taller en su mejor expresión. De alguna forma los Workshops de escritura ofrecen una herramienta similar. ¿Cómo ha sido la experiencia dirigiendo el programa de Escritura Creativa en Iowa?

Llegué en el 2009 a montar toda la estructura, porque una institución como esa tiene una pauta muy teórica e institucional. Nuestra primera generación se graduó en el 2012, así que ahora se va a graduar la cuarta. Es una maestría multitallerista. No tenemos muchísimos estudiantes porque pretendemos que todos tengan financiación haciendo lo que hacen. Es muy exigente ya que tiene un peso académico importante. Esa Universidad tiene una tradición muy fuerte en las artes, y el MFA tenía que cumplir con la intensidad que las otras maestrías solicitaban. Pero también esa es la idea, que se sumerjan en una experiencia muy profunda, luminosa, y luego vayan generando su propio mundo. Es muy amplio el panorama en La Universidad de Iowa, por ahí han pasado todas las grandes figuras. Está el Writers Workshop, el International Writing Program, el programa de no ficción, el de teatro, o sea que hay varias líneas que confluyen y todas centradas en la escritura.

Tomando esa pauta, quizás a mediados de los 80’s, cuando surge la explosión de talleres literarios o creación conjunta surgió la duda en relación a cómo se pueden (o podían) formar escritores. ¿Se pueden formar escritores?

Yo creo que el taller enriquece. Yo fui una niña precoz, el taller lo tenía en casa. Allí se leía poesía constantemente, teníamos una biblioteca espectacular, mi padre coleccionaba cómics. Cuando llegué a Estados Unidos conocía una cantidad de autores que la gente no se podía creer. Tuve mucha suerte. Soy una gran reivindicadora de los maestros, y reconozco que es muy difícil ser profesor. El profesor tiene que ser generoso y reconocer el talento de sus estudiantes y la maravillosa posibilidad de que sean mucho mejor escritores que uno mismo, y apoyar y potenciar ese talento de sus estudiantes. Orientar significa ayudar al estudiante a acortar caminos en su desarrollo. Hay grandes diferencias en que llegues a una biblioteca y leas lo que quieras, a que estés orientado en esa búsqueda. Por eso invierto mucho tiempo orientando también a futuros profesores a formar alumnos escritores. Entiendo que yo pude disponer de una biblioteca y de un padre escritor que me daba consejos fantásticos. La falta de orientación de jóvenes escritores la he vivido cuando he estado dentro de un jurado: ver manuscritos que son muy buenos pero no son libros, que les falta madurez y organización y se quedan en el camino. Pienso que si alguien los hubiese guiado desde el comienzo, serían manuscritos distintos. El taller te ayuda a dar forma al talento creativo y avanzar mucho más rápido.

Parte de la experiencia del taller es que todos los textos son objeto de perfeccionamiento. Muchas personas sostienen que no se puede corregir un poema.

Yo creo que todo se puede mejorar, se puede ayudar a que el talento tenga un sentido claro. Hay gente que puede tener una intuición formidable y no necesitarlo, esa gente ha llegado allí por sí misma, pero porque ha leído muchísimo y su taller ha sido su tenacidad y capacidad de trabajo constante, pero son muy pocos. Si te fijas en la historia de la literatura, casi siempre se construyen diálogos entre los escritores coetáneos. Eso es hacer taller. El mismo hecho de que hoy en día existan programas de escritura creativa es un gran avance para las posibilidades expresivas y la madurez de los nuevos escritores. Lo que hace Estados Unidos de forma muy inteligente, es regular ese diálogo, porque en un país tan gigantesco el autor puede estar muy perdido. Se aglutinan talentos y se dan espacios de diálogo donde se aprende a pensar de otra forma. Respiran los talentos y se mira cómo escriben los unos y los otros. Muchas veces se dice que una persona con talento no necesita un taller, pero siempre se puede mejorar, ejercer mejor la crítica de tu propia obra. Yo creo que el taller hace que un escritor se ahorre al menos una media de diez años de trabajo frustrado. La crítica compartida hace que crezcas y madures antes.

Noto en tu poesía la presencia frecuente de la reflexión sobre el cuerpo, la salud, el envejecimiento y a su vez, una hilación de esos temas con los hechos históricos. En este mismo espacio le poeta chileno Raul Zurita nos comentó que el hombre recurría a la poesía cuando tomaba consciencia de su propia muerte. ¿Es así?

Puede que sea para mí  una forma de reconciliarme con mi propia existencia. Un modo de dialogar con las emociones, ordenar lo que siento, mientras trato de asumir el sufrimiento humano, digerir que el mundo no lo puedes controlar. Yo colaboraba mucho con Amnistía Internacional cuando estudiaba la carrera, luego me he ido implicando en diferentes proyectos en zonas de conflicto y zonas problemáticas de exclusión social. Todo el activismo me interesa mucho como parte de mi vida cotidiana. Lo que pasa es que no lo proyecto directamente como una poesía social. Aunque creo que mi mirada comprometida con el mundo está muy presente. Todo eso lo ordeno a mí manera y en mis códigos. En ese sentido, Compañera de celda y Curación son también es una reflexión sobre el cuerpo y en envejecimiento. Pienso que esos dos libros tienen que ver con cómo vivimos con nuestras limitaciones y crecemos a partir de ellas.

“Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.” - Voltaire

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