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Samanta Schweblin
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Alguien te mira: una entrevista con Samanta Schweblin

En un momento, en medio de la escritura de su nueva novela, Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) contactó a un amigo. La idea era preguntarle algunas cuestiones en torno a los kentukis, esos animalitos tecnológicos que parecen “cruza entre el teléfono más rudimentario que podemos encontrar hoy en el mercado y un peluche”. Aquellos que los personajes de su nueva novela –llamada justamente Kentukis– usan como cámara voyerista para espiar o ser espiados.

Así, gracias a la ayuda de un amigo que trabaja para el gobierno argentino (alguien especializado en temas de imagen y tecnologías, pero alguien, además, que sabía pilotear drones), Schweblin pudo aclarar algunas dudas.

Como las que siguen.

“Por ejemplo, si un kentuki decidía escapar del hogar que se le había asignado, ¿podía mantenerse la conexión con la sola tecnología de un teléfono?, ¿cuánto tiempo duraría la batería fuera de su cargador?, ¿que tipo de upgrade podía inventar el mercado negro?, ¿que tipos de trampas se desarrollarían para hackearlos?”

Y claro: preguntas como esas evidencian la ambición narrativa de Schweblin a la hora de investigar y escribir una novela sobre el lado más inquietante -cuando no oscuro- de las nuevas tecnologías. Algo que también se nota porque Kentukis es una novela con distintas locaciones (Vancouver, Hong Kong, Tel Aviv, Barcelona y Oaxaca). Un thriller, sí. Pero asimismo un libro lleno de voces y visiones y contradicciones humanas.

En las siguientes preguntas la autora residente en Berlín desde el 2012 (donde dicta talleres literarios), cuenta el making off de su última novela, publicada el 2019 en español y ahora, en medio de la cuarentena, en inglés–aunque bajo el título Little Eyes.

 

Samanta Schweblin

Photo by: Alejandra Lopez ©

 

¿Es Kentukis una novela global? O te lo pongo de otra manera: ¿es Kentukis tu novela berlinesa? Porque lo global, pienso, puede venir de vivir en Berlín, una ciudad llena de cruces de culturas, lenguas y tradiciones.

No la siento como mi novela berlinesa. Pero sí hay mucho de lo que decís. Para alguien que vivió toda la vida en Argentina, tan lejos de todo y envuelta siempre en una misma lengua, la llegada a Berlín fue un impacto de lenguas, de idiosincrasias y culturas. Y también lo es la nueva vida que llevo hace unos dos o tres años, impuesta un poco por la circulación y traducción de mis libros, en la que viajo un promedio de dos o tres veces al mes. De hecho, las veinte y pico de ciudades en las que sucede Kentukis son ciudades que conocí por razones literarias. Viví dos meses en Shanghai, tres meses en la residencia de artistas en Oaxaca, donde sucede la historia de Alina, y estuve, aunque sea un solo día y de pasada, en ciudades como Erfurt, Zagreb o Lyon. Luego, por supuesto, el libro empezó a pedir otras ciudades, y aparecieron sitios en los que nunca estuve realmente, como Surumu, Sierra Leona o Honningsvåg, pero para las que sí encontré lectores que conocían las zonas, y con los que trabajé de cerca cada capítulo. Pero claro, quien sabe, quizá si me hubiera quedado en Buenos Aires todos estos años, hubiera tenido que contar Kentukis de una manera muy distinta.

 

Cuéntame un poco del nombre: Kentuki. ¿De dónde viene?, ¿cómo se te ocurrió? Suena como euskera. Un poco duro. Pero también, no sé, ¿japonés? Es como una palabra que podría ser de varias partes.

El nombre apareció sobre la marcha, no sé realmente de dónde salió, simplemente estaba trabajando en el primer borrador de la historia y necesitaba llamar al aparato de alguna manera. Mi cabeza estaba pensando en cosas más importantes para esta historia, estructura, personajes, no quería detenerme en el nombre. Meses más adelante, cuando vi que la historia iba en serio, le dediqué mucho tiempo al nombre, pero kentukis siempre parecía ser la mejor opción. Quería un nombre que sonara a algo ya conocido. Que sonara norteamericano, pero también japonés, y hasta me alegra saber que también suena a vasco. Quería que diera sensación de algo trucho, barato, popular, y al final me acostumbré tanto a esa palabra que cualquier otra opción me parecía siempre incómoda y mucho menos sensata que esta. Kentuki también es una ciudad australiana, un caballo muy famoso ruso, una comida tradicional japonesa, y kentukis les llamaban también a los fusiles largos en Estados Unidos. En fin, me parece un comodín precioso.

 

Samanta Schweblin

 

¿Cómo describirías tu relación con las redes sociales y tablets y, bueno, en general: con la tecnología?

Nada buena. Hace unos meses unos estudiantes de la carrera de Edición de la Universidad de Buenos Aires me entregaron un trabajo final en el que estudiaban lo mal que llevaba mis redes como autora. Parece que soy un desastre total. Apenas retwitteo noticias, prácticamente no comunico nunca mis eventos y presentaciones, no participo en ninguna polémica, no opino. Hace meses que no entro a la fanpage de facebook. Tengo un poco más de participación en Instagram, pero hasta ahí nomás. Sí uso muchísimo Skype, unas tres o cuatro tardes por semana trabajo en proyectos con otras personas desde mi escritorio, y soy bastante dependiente de mi teléfono, de los mensajes de Whatsapp y los correos. Pero supongo que esto es porque vivo lejos de la familia y algunos amigos muy queridos y no me resigno a una vida sin ellos. Quizá, si viviera todavía en Buenos Aires, mis relaciones con las tecnologías serían aún peores.

 

¿Siempre fue pensada como una novela con varios personajes?

Sí, desde el primer borrador fue una novela de capítulos, con cinco personajes estructurales y que debía contarse desde distintas ciudades del mundo. La escritura de ese primer borrador, que tendría unas doce, quince páginas, fue una sorpresa absoluta. Sinceramente no sabía qué hacer con él. No solo porque fue el primer texto que nació ya como novela, y no como un cuento, que es mi forma de llegar a las ideas, incluso las más largas como en el caso de Distancia de rescate. Sino también por su estructura coral, y por tratarse sobre todo de las tecnologías, cuando era un tema que nunca me había llamado la atención. 

 

Samanta Schweblin

 

¿Cómo se investiga una novela como esta? Te lo pregunto porque la leí como una novela distópica (aunque esta categoría ya está demasiado usada, puede ser); es decir, me parece que hoy estamos a un paso de tener kentukis, pero a la vez no existen. Por eso mismo: ¿cómo fue el proceso de investigar y crear los kentukis?

Desde un punto de vista técnico, un kentuki no es más que la cruza entre el teléfono más rudimentario que podemos encontrar hoy en el mercado y un peluche, así que el invento en sí mismo cuenta con la gracia ya de cierto verosímil. Pero luego investigué bastante sobre el tipo de servidores que podrían soportar estas conexiones, sobre todo que pasa cuando esas conexiones, en solo meses, se vuelven una cantidad exponencial. Contacté a un amigo que trabaja para el gobierno argentino en temas de imagen y tecnologías, y que pilota también drones (que es una tecnología muy emparentada con la que podría tener un kentuki) y pensamos juntos algunas cuestiones más puntuales, como por ejemplo el tema de la independencia de los kentukis. Si un kentuki decidía escapar del hogar que se le había asignado ¿podía mantenerse la conexión con la sola tecnología de un teléfono? ¿Cuánto tiempo podría durar la batería fuera de su cargador? ¿Que tipo de upgrade podía inventar el mercado negro? ¿Que tipos de trampas podían desarrollarse para hackearlos? En este sentido, el personaje de Grigor fue el que más preguntas nos trajo. También trabajé con un lector para cada una de las ciudades en las que sucede la historia. Mi editora china siguió de cerca toda la historia de Cheng Shi-Xu. El director de un festival literario de Croacia siguió de cerca la historia de Grigor. Un escritor amigo, peruano, iba leyendo la de Emilia, y así.

 

“¿Realmente había más gente interesada en mirar que en ser mirada?”, se lee en un momento de la novela. Otro de los hilos narrativos y temáticos es el voyerismo en la era digital. Parece que estamos en una época de fisgonear mucho en la vida de los demás. ¿Fue este un tema más o menos prestablecido o fue, más bien, un tema que surgió sobre la marcha? Digo, la función de los kentukis es espiar.

En ningún momento pensé “voy a escribir sobre voyerismo”, como tampoco pensé que alguna vez me interesaría escribir sobre tecnología. Los temas aparecen sobre la marcha, uno cree estar muy concentrado en un tema argumental, avanza haciendo caso a lo que exige la propia historia, y de pronto está en terrenos aparentemente inesperados. Pero es muy curioso lo que pasa después, cuando el libro está terminado y uno empieza a contestar este tipo de preguntas, y a pensarse a sí mismo con distancia en ese momento particular de escritura, y ahí está todo. La vida que llevaba entonces sucedía sobre todo por skype, en conexión con Buenos Aires o Barcelona, me pasaba horas trabajando con gente por skype, gente a la que le hablaba desde mi living pero no estaba realmente ahí. Reuniones tan largas que a veces la gente se levantaba para ir al baño o prepararse un café, y ahí me quedaba yo en silencio, mirando con fascinación sus estudios y sus escritorios. Pensando, hay una colcha arrugada sobre el sillón, se ve que durmió la siesta. O, hay tres copas vacías de cerveza en la mesita, quizá haya más gente escuchándome. Lo que pensaba en esos momentos, sobre todo, era que daría una fortuna por la sola capacidad de girar la cámara diez centímetros para un lado o para el otro. Y supongo que es de ese simple impulso de voyerismo que nació al final la idea del kentuki.

 

Samanta Schweblin

 

Para terminar cuéntame un poco de la adaptación de tu novela Distancia de rescate por Claudia Llosa. Escribiste el guion, ¿no? Además, tengo entendido de que la película será rodada en los lagos Villarrica y Llanquihue, en el sur de Chile.

Sí, el guion ya está terminado, lo escribimos juntas durante todo el año pasado. Fue un proyecto intenso, todo un desafío, en el que aprendí mucho y volví a conectar con mi viejo amor, que es el cine. Trabajar con Claudia Llosa fue realmente un privilegio. A veces Claudia llama y me cuenta cómo van las cosas, o tomamos alguna decisión de guion de último momento y recuerdo que, mientras yo estoy dando clases en Barcelona, un grupo de gente simula Distancia de rescate en el sur de Chile.

“Si usted no tiene libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor.” - José Luis Sampedro

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