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Coordenadas de una venganza

Michel OtayekDomingo veintitrés de agosto de mil novecientos treinta y seis.

una bez dentro nos puisieron en una fila cara a la pared despues de cachearnos y quitarnos todo cuanto llebábamos encim, se oyó una boz que decia con sangre fría; muchachos para q que os bamos a decir lo contrario os bamos afusilar, así que, aquí estamso nuebe curas y dos canónigospara confesary comulgar para ir en gracia de dios

Algunos de los condenados—entre ellos Honorio Arteta, único sobreviviente de la matanza—se niegan a confesarse. Los curas, enfurecidos, les colocan escapularios en el cuello. Mientras esto sucedia ohimos descargas, ya estaban fusilando. Los ejecutan en grupos de seis. Grito glorioso. Nuestra sangre sea fecunda para España. Ríe Apesteguía, con mucha guasa y burlandose de nosotros. Dieciocho muertos en una gra n balsa de sangre. El capitán ordena a los desgraciados de la última tanda arrimarnos mas a los muertos hasta pisarlos por tres beces. Y se hacen las últimas descargas.

Así fue sembrado de cadáveres un apartado rincón de las Bardenas en la diáfana noche de aquel día tenebroso en que el obispo de Pamplona proclamaba que, habiéndose desencadenado no una guerra sino una cruzada, la Santa Iglesia no podía “menos que poner cuanto tiene en favor de sus cruzados”.

El testimonio no es inédito. Pero sospecho que la versión que me ha sido confiada en herencia anticipada es quizás la más cercana a la violencia santificada de los hechos. Honorio escapa, mal herido, a la furia falangista y requeté. Al amparo de varias noches consigue dejar atrás la estepa navarra y se enfila rumbo a la frontera por las soledades del valle del Roncal. Tras una estancia francesa breve y curativa, se traslada a la Barcelona rojinegra de la Confederación. Logra que lo destaquen a la Columna Ascaso y empeña entonces todo el capital de su sed justiciera en el improbable avance hacia tierras carlistas de las quijotadas militares libertarias.

al terminar estas lineas aun me encuentro en dicha columna al servicio de la causa proletaria con ansía de exterminar al fascismo para que nunca mas pueda levantar cabeza

Sin embargo, colapsa la quimera proletaria y parte Honorio al largo exilio galo de tantas decenas de miles. Es en Bayona, supongo, donde conoce a Romana, abuela de mi abuela, y le entrega en sus manos esta lúgubre constelación de palabras que, con honrosa precariedad ortográfica y sintáctica, detalla el vil asesinato de su hijo Marino Húder Carlosena.

VLLA. TIMBRES DE ESTADO. LA GELIDENSE SA. O.3,794,357. O.3,794,359.

A menudo me pregunto como vino a parar la historia a estos cuatro folios con marcas de agua, dos de ellos sellados, numerados y fabricados por una venerable sociedad barcelonesa. La uniforme y casi imperceptible presencia de manchas diminutas alrededor de cada letra sugiere que este documento es una copia de carbón. Intuyo que constituye duplicado fiel y coetáneo de un texto original mecanografiado por el propio Honorio o por algún camarada tomándole dictado. No es difícil imaginar al sobreviviente—negado a regalar detalle alguno de un crimen espeluznante al silencio cómplice del olvido—haciéndose, en el desorden del frente de Aragón, de un puñado de hojas de papel destinadas por ley a usos menos sombríos.

Nunca hemos dudado que a Marino lo fusilaron por el pecado de ser republicano en el bastión del carlismo. Pero hace poco se me atravesaron unas líneas que apuntan a un móvil acaso más innoble. Atestó en sus memorias alguien que le conoció bien que al buen médico le cobraron cara su asistencia al duelista equivocado en una justa en la que el honor mancillado de un notable no quedó suficientemente reparado. El delirio de la guerra desencadena toda suerte de venganzas. Hermanos, amigos, vecinos y rivales se echan a las calles y a los campos a saldar con sangre las más triviales de las cuentas.

Cada uno de los cincuenta y dos fusilados esa noche cayó víctima de una revancha distinta. Setenta y ocho años después, siguen sin aparecer sus restos. Circulan varias hipótesis. Supongo que hace rato escudriñaron la tierra en el rincón correcto.

por la carretera de Zaragoza,pasando por los pueblos de Tafalla y Caparroso… a unos 5 kms despues de Caparroso… viraron los coches a mano izquierda,a unos 200 ms de la carretera havía una paridera

Todavía no sé que hacer con esta carta. Uno se pregunta si de alguna manera ayudó a hacer más llevadero un luto innecesario. Se dice que lo que realmente consoló a Romana fue la certeza—plasmada en una tardía partida de defunción—de haber sido Marino uno de los que murió confesado.

Edad: 45
Profesión: Médico
Causa de muerte: A consecuencia del Glorioso Movimiento Nacional.
Testigos registro de defunción: Antonio Añoveros Ataun: «Que le consta de ciencia propia por haber visto su cadáver, que don Marino Huder Carlosena, de esta vecindad, a quien el declarante conocía, falleció el día 23 agosto 1936, en términos de las Bardenas, del Municipio de Cadreita, habiéndole asistido el dicente en sus últimos momentos, en calidad de Sacerdote.»

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