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Roberto Ponce Cordero
Roberto Ponce Cordero - ViceVersa Magazine

No angel came

Nada relaciona la legendaria serie The Twilight Zone, de Rod Serling, con la pianista y cantante norteamericana Tori Amos, diva disruptiva–para tomar prestado el término acuñado por Lori Burns y Melisse Lafrance en su libro sobre Amos, Courtney Love, PJ Harvey y otras estrellas de la música popular feminista– de los años noventa del siglo XX y cuya carrera sigue en curso y, de hecho, está siendo revalorizada en la actualidad. Cierto, Amos tiene una trayectoria poblada por canciones más o menos excéntricas (escúchese “Happy Phantom” [1992] ,“Cornflake Girl” [1994], “Blood Roses” [1996] o… ¿básicamente cualquier canción de Amos?) y más o menos siniestras (“Me and a Gun” [1992], “Cruel” [1998] o “Datura” [1999], entre muchas otras). Además, la imagen que maneja Amos es la de una artista que, como su música, es “gorgeously intricate and unapologetically daring”, en palabras de Jonathan Dick. Pese a estas características que, en principio, podrían hacer a Amos parte de un universo yuxtapuesto al de la dimensión desconocida, ella no parece haber hecho nunca referencia a esta serie, en las letras de sus canciones (¡y eso que ha hecho referencia a TODO, desde Lucifer hasta Jesucristo, pasando por la violación, el aborto, la masturbación, la menstruación, la mutilación genital, la intoxicación, el éxtasis, el amor filial y la construcción de una propia voz, entre muchos otros temas!). Esto, capaz, no me debería extrañar… ¿quizás la relación entre Amos y The Twilight Zone está, al fin y al cabo, más que nada en mi cabeza y no más allá?

La relación estaba, también, en la cabeza de Kim Fowley, cantante y productor norteamericano muy, pero muy alejado del mainstream musical de sus tiempos o de cualquier tiempo otro que se pudiera imaginar (a diferencia de Amos, quien logró conquistar el mainstream en los años noventa con su música radical, la obra de Fowley es tan anti-mainstream y tan, no sé, anti, que no tiene cabida, propiamente, en ningún lugar). En efecto, este artista de culto, que grabó decenas de discos durante su extraña carrera pero cuyo mayor éxito convencional se dio en los años setenta del XX como fundador, manager y productor de The Runaways (la mítica banda femenina en la que Joan Jett inició su carrera), lanzó en 1995 una canción bastante… peculiar y que lleva por título nada menos que “Tori Amos Drinking Teardrops in the Twilight Zone”, que cuelgo aquí para el deleite de quien tenga la suficiente valentía como para escucharla.

 

 

Ahora bien, aparte de esta curiosidad musical de dudoso interés para nadie que no sea, como yo, un fan obsesivo de la obra de Amos (o para nadie que no sea un fan obsesivo de la obra de Fowley, ya que supongo que de todo hay en la viña del Señor), existe otra conexión entre Dimensión desconocida y Amos. Se trata, sin embargo, de una conexión que de divertimento no tiene nada y que, más bien, nos sitúa en lo más oscuro de la condición humana: en el discurso y en la práctica de la violencia de género y del feminicidio.

Efectivamente, en 1998, las autoridades de Ciudad Juárez, aquel Moloch urbano en la frontera entre México y Estados Unidos, decidieron que ya era hora de hacer como que hacían algo con respecto a la oleada de asesinatos de mujeres (o, como decimos ahora, de feminicidios; hace veinte años, este neologismo recién estaba siendo introducido en el debate, precisamente como resultado de la violencia de género en Juárez) que habían empezado a ser contabilizados en 1993 y que, para finales de los noventa del XX, habían alcanzado tales números y tal grado de brutalidad que la lucha por resolver el misterio de las muertas de Juárez y por hacer justicia en un país hiperpatriarcal y sometido al imperio de la impunidad se había convertido en cause célèbre del feminismo internacional (ni qué decir para finales de los años diez del XXI… ya que los asesinatos siguen teniendo lugar). Y, en un giro por decir lo menos cinematográfico, lo que decidieron dichas autoridades fue contratar al ex agente del FBI Robert K. Ressler, experto en perfiles de asesinos seriales y, de hecho, auto-proclamado “inventor” del término serial killer, amén de asesor de estudios hollywoodenses en la filmación de thrillers diversos (incluyendo nada menos que The Silence of the Lambs [1991]), para que viajara a Ciudad Juárez y diera con el hipotético culpable de más de 300 feminicidios, hasta ese momento… and counting.

Ressler llegó, investigó y no venció; se convirtió en personaje mediático y, algunos años después, en personaje literario (aparece prominentemente en 2666 de Roberto Bolaño [2004] y en Desert Blood de Alicia Gaspar de Alba [2005]), pero, en el ínterin, no llegó a mayores conclusiones o, en todo caso, a ningunas de utilidad para detener la violencia misógina en la frontera o para identificar a sus perpetradores. Más bien, y como cita el periodista Sergio González Rodríguez (otro personaje real que aparece en 2666, por cierto) en su libro Huesos en el desierto (2002), Ressler acabó sumido en una mezcla de resignación y de académica indiferencia: “Aunque desconozco a fondo el caso mexicano, prevengo que los homicidios allá [se refiere a los feminicidios] van a continuar”. ¡En eso no se equivocó (aunque seguramente no se necesitaban los costosos servicios de un experto consultor del Norte para vaticinarlo)! Pero, más aún, según González Rodríguez, Ressler simplemente declaró, al final de su exhaustiva investigación, que Juárez “es una zona que por su naturaleza misma, por el tráfico de personas y de drogas, se convierte en una dimensión desconocida… A twilight zone…”

Pese a la presión local, nacional e internacional, esa zona crepuscular que es Ciudad Juárez (entre muchos otros puntos geográficos en los que prácticas feminicidas se consolidan y normalizan), en la que el crimen contra las mujeres sí paga y en la que las categorías supuestamente habituales de ley y delito están trastocadas, de modo que el mundo es el de siempre pero siempre un poquito diferente, un poquito raro, un poquito como The Twilight Zone, es hoy, si acaso, aún más violenta que cuando Ressler pasó por ella. Un año después de su paso, en 1999, y con esto vuelvo a Tori Amos, un año después del paso de Ressler por el desierto mexicano, decía, se produjo un salto de la narrativa de lucha contra la violencia de género en la frontera mexicano-estadounidense desde el activismo feminista y hacia el mainstream musical cuando Amos incluyó, como segundo corte de su disco platino To Venus and Back, una canción titulada “Juarez” y en la que se hace referencia, de manera oblicua o incluso hermética pero, de todas formas, inconfundible, al fenómeno de los feminicidios de Ciudad Juárez.

A esas alturas del partido, Tori Amos era ya una reconocida artista alternativa que impulsaba causas feministas y que no sólo había tematizado un asalto sexual del que fue víctima en la vida real en una de las canciones de su álbum debut (“Me and a Gun” de Little Earthquakes [1992]), sino que además había co-fundado la más grande organización no gubernamental de Estados Unidos dedicada a apoyar a sobrevivientes de abuso sexual y a combatir las condiciones de posibilidad de dicho abuso, la Rape, Abuse & Incest National Network (RAINN), por lo que sus credenciales como representante del movimiento de mujeres mundial estaban fuera de toda duda. Y, así, en 1999, en una época en la que los feminicidios de Ciudad Juárez eran ya relativamente conocidos entre personas iniciadas pero distaban de ser el topos en que se convirtieron en el transcurso siglo XXI, una exponente bastante atípica del mainstream musical occidental que recién había pasado por lo que sería el cenit de su fama e influencia cultural introdujo a gran parte de su en aquel entonces inmensa audiencia, incluyendo a un servidor, al horroroso entramado de lo que también por esos años empezó a llamarse “las muertas de Juárez” con una canción que, como “Juarez”, de tan rara, tan macabra y tan como descolocada, como off, que es, podría pasar por música de ascensor en la dimensión desconocida.

 

Si la ciudad fronteriza de Juárez era, hace veinte años, una “twilight zone” en la que los modelos convencionales de seguridad, de justicia y de humanidad no aplicaban, o al menos no para sus mujeres y especialmente no para sus mujeres pobres, migrantes y de piel oscura, ¿qué se puede decir de un mundo en el que, al otro lado de la línea, la demencia anda desatada y en el que día a día se desbarata aún más, en el discurso y en las prácticas, toda noción de seguridad, de justicia y de humanidad para esas mismas mujeres (pobres, migrantes, de piel oscura) y de paso también para sus niñas y niños? En palabras escritas en 1998 por el gran Charles Bowden, agudo analista y pensador de la violencia de la frontera norte mexicana, Ciudad Juárez –esa Ciudad Juárez a la que Tori Amos le canta, un año después, constatando que “No angel came…” a salvar a sus mujeres asesinadas– era “the laboratory of the future”. Veinte años después, con el feminicidio intensificado, la violencia convertida ya no en parte de la vida sino en la vida misma, y Trump en el poder, the future is now. We have entered the twilight zone.

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