Foto de la obra de Ximena del Cerro
Foto de la obra de Ximena del Cerro

Rosario (9)

Nos vimos en su departamento el viernes y el sábado y el domingo, y los días que siguieron hasta el examen. Al principio solo un rato; me preguntó si no tenía problema en que viniera alguien más porque la amiga quería estudiar con ella y a M. le daba pena batearla. No tenía mucho problema, la amiga ayudaba a hacer plática cuando yo no sabía qué más decir o quería estudiar. Además, M. me ponía mucha más atención a mí, y a cada pretexto de algo que no entendía o que quería que revisara me agarraba del brazo para jalarme. A partir del lunes nos fuimos a su depa desde la una y pedíamos pizza o sushi para comer rápido y estudiar. Vivía en Lomas, una zona de la nueva clase alta poblana con todos los lujos. Como quedaba muy cerca de mi casa podía regresarme tarde. El siguiente paso era decirle que fuéramos por un café o a cenar, ella y yo solos, porque estaba claro que si seguíamos viéndonos para estudiar matemáticas aquello no iba a llegar a ningún lado, pero tenía que esperar a que se fuera su amiga, y varios de esos días la amiga se quedó a dormir. El examen era el viernes. El jueves su amiga dijo que ella ya estaba harta de estudiar y prefería despejarse. M., que todavía quería repasar algunas cosas, me dijo que fuera a su casa para estudiar lo último. Cuando llegué le dije que pidiéramos otra cosa que no fuera pizza ni sushi por ser un día antes del examen. Te cociné, ¿te gusta el salmón?, dijo mientras iba por platos para servir. No me lo esperaba. En la comida platicamos de boberías y M. rio mucho. Cada vez que sonreía lo marcaba como un pequeño triunfo en mi agenda mental. Después M. se puso a resolver exámenes pasados y yo esperaba a que terminara o tuviera una duda para ayudarle. Después de tres o cuatro exámenes la vi muy estresada, se despeinó y empezó a comerse las uñas. Le dije que ya no iba a aprender nada nuevo en las horas que quedaban. Vamos al cine y te distraes, propuse. Muy a regañadientes aceptó dejar de estudiar, pero me dijo que viéramos la película en su casa. No sé de qué trató, era claro que M. no estaba bien. Se movía cada dos minutos, veía la mesa con todos los apuntes desperdigados, revisaba su celular, repetía en voz baja que iba a reprobar. Creo que debí haber insistido en que saliéramos, aunque sea a caminar. No lo hice porque en un momento M. se recostó en mi hombro y pude abrazarla un poco.

‘Voy a reprobar’, volvió a repetir cuando terminó la película. 

‘No digas eso. Obviamente no vas a reprobar. Has estudiado mucho, confía en ti’, dije aún acariciándole el pelo, pero su semblante no mejoró. El examen era temprano, ya tenía que irme.

‘Ahora que pase el examen te invito por un café para que se te olvide todo el estrés’, solté.

‘Sí, sí quiero’, dijo antes de que me subiera a mi coche. 

Saliendo del examen me dijo que se iba a Veracruz todo el fin. No quise preguntarle cómo le fue. El lunes llegó tarde a clase y no volteó. Al salir platicamos de su fin de semana y entonces le pregunté por el examen. 

‘Me fue fatal. Seguro voy a reprobar otra vez, y ahora estoy atrasada en las otras materias’

‘Claro que no, vas a ver’. No sabía qué decirle. ‘Si puedo ayudarte en algo, me dices’

‘Gracias, no te preocupes’. Pensé que fue un error preguntarle por el examen, no supe por qué pero me sentí culpable de que M. estuviera así.

El miércoles su amiga no fue a clase. M. me dijo que me sentara con ella. Me va a ir muy bien en el próximo examen, voy a estudiar más, dijo muy determinada. Tenía un semblante completamente distinto al de los últimos días. Su sonrisa parecía que volvía a ser la de antes. En la clase me molestó varias veces moviéndome la mano para que escribiera mal en la libreta y se burlaba de la profesora conmigo en voz baja. Cuando casi terminaba la clase aproveché para hacer efectiva mi propuesta.

‘Cómo andas el viernes, ¿vamos por un café?’

‘¿El viernes?, sí, está bien’

‘Te escribo y paso por ti en la tardecita’

‘Va’

Desaparecí muy rápido, intentando inútilmente que la fuerza de mis uñas contra las palmas detuviera el cosquilleo. Toda la clase estuve pensando en cómo hacerlo, si escribírselo en un papel o mandarle un mensaje después, pero no quería tener que soportar la angustia de esperar a que contestara. Ahora parecía que estaba hecho. El viernes le escribí en la mañana para preguntarle a qué hora pasaba por ella a su casa. Me quedé a comer en la universidad con una amiga, y en mi ansiedad le conté mi situación. Tranquilo, me dijo, la gente no responde inmediatamente. Si ya te dijo que sí seguro ahorita te contesta. 

Nunca me respondió. Me quedé en la escuela hasta tarde por si acaso. Prendía el celular cada cinco minutos. El celular es la presencia de la ausencia. La hace latente, te restriega en la cara tu soledad. Quizás no tenía su teléfono, tal vez lo había perdido. Ya cuando era tarde subí al carro y me quedé viendo el último mensaje que le envié. La vi en línea unos segundos. ¿Le habría sucedido algo? Aceleré el coche y fui a su edificio, no podía pasar sin dar mi identificación y que el guardia llamara, pero desde afuera veía la luz de su departamento prendida. Quería que me viera, recordarle lo que habíamos quedado. Era posible que mi mensaje no le hubiera llegado por alguna razón y estaba esperando a que yo le escribiera. Como a las diez mis señores padres empezaron a marcar y me fui contra mi voluntad.

No volví a hablar con M. Afortunadamente no volví a escribirle; ganas no me faltaron. A partir del siguiente lunes no volvió a saludarme ni a voltear durante la clase. Mi compañero de al lado, con el que a veces platicaba, me preguntó si nos habíamos peleado. No, le dije. Es cierto. Nunca supe qué pasó. Le di vueltas a mil hipótesis sin sentido. Así empezó todo. M. dijo que sí, me llevó a su casa para cocinarme, me abrazó viendo una película, me dijo que nos veíamos el viernes para ir por un café y me dejó plantado para siempre. Lo tuyo, Ro, era exactamente lo mismo. Nos besamos, dormimos juntos, dijiste que querías verme y estar conmigo, quedamos en que iríamos a cenar y me ignoraste. No iba a volverte a escribir. Estaba perdido.

El jueves me escribiste tú. Querías el cargador que olvidaste en el pre antes de irte a Edimburgo. Ni siquiera me acordaba de que lo dejaste. Me puse a buscarlo y vi que seguía conectado en el enchufe donde tú lo pusiste. La vida tiene esa clase de coincidencias muy extrañas. Si no hubiera sido por ese olvido estoy seguro de que jamás hubiéramos estado juntos. Sé que tú decías que sí, pero no tenías otra razón para escribirme, mucho menos para ir a mi departamento. No lo toqué. No quería tener nada que ver contigo. Lo dejé ahí, como una prenda tuya que emanara tu olor, y volví al celular. Me quedé conectado a propósito para que vieras que leía tu mensaje sin contestarte. Hice tarea y varias horas después fue cuando te dije que si querías pasaras por él a mi departamento. No iba a llevártelo a la escuela. Todavía te diste el lujo de decirme que a lo mejor te convenía pasar hasta el viernes por él, pero al final viniste ese día. ¿Qué pensabas? ¿Te acordaste de lo que pasó la semana anterior? Me marcaste para decirme que ya estabas abajo, esperando que respondiera que te veía en un momento. Yo no iba a hacer el mínimo esfuerzo de salir a dártelo. Si lo querías tú ibas a desconectarlo. Te di el número del departamento y abrí la puerta desde el botón en el interfón. ¿Qué se te ocurría al entrar al edificio, al subir el elevador? Esos son, para mí, los momentos más enigmáticos de toda nuestra historia. No sé cómo contarías tú esto. Mi versión es que abrí la puerta y ni siquiera te saludé, me fui a mi silla señalándote hacia donde estaba el cargador, y cuando tú estabas entrando al cuarto yo estaba ya sentado en mi escritorio. Lo agarrarías y dirías adiós. Fin del asunto. Pero dejaste el cargador sobre el buró y te acercaste a donde yo estaba.

‘¿Qué estudiás?’, me dijiste, tildando la a.

‘Nada’, te dije moviendo el maus en la computadora.

‘¿Cómo te va con Le Barbanchon?’

‘Normal. Todo tranquilo’, dije sin voltear.

En la escena más inesperada que pude haber imaginado, caminaste hacia la entrada y colgaste la gabardina negra que traías puesta.

‘¿Dejás la puerta abierta?’

No daba crédito a lo que escuchaba. El lunes me bateaste, ya no hablamos, y sin decirme nada estabas quedándote a platicar. Me tardé varios segundos en contestar. Me acordé del fin de semana, luego del lunes. No te creí.

‘Como quieras’, contesté, y la cerraste.

Ese día, como las dos veces que estuvimos antes juntos, fue confuso, vertiginoso, atrabancado. No me acuerdo de todos los detalles. Te acercaste a preguntarme sobre la materia. Algo empecé a enseñarte en la computadora. Me dijiste que no era cierto recargada en el librero. Entonces propuse que te sentaras para que lo vieras tú, pero no había otra silla. Muy huevudo, te dije que te sentaras en mi pierna. Y lo hiciste. Por supuesto que a partir de ahí lo de la computadora era lo menos importante. Esa fue la primera vez que el cosquilleo no me llegó a las manos. Salió por los hombros, bajó por todos mis nervios hasta los antebrazos y se detuvo. Apenas sentí un destello en las palmas cuando apreté la mano derecha sobre el maus. Empecé a reírme contigo y te pegué a mí con la mano izquierda. Me preguntaste algo y te di un beso debajo de la oreja. ¿Mande?, te dije. Repetiste la pregunta y volví a besarte en el mismo lugar. ¿Qué dijiste?, me perdí.  Cuando repetiste la pregunta por segunda vez ya no paré. Me quedé besándote el cuello. Nicolás, ¿qué hacés? Seguiste intentando fingir que no sentías nada, pero cada vez te costaba más trabajo. Con una mano te acaricié la pierna y con la otra te sujetaba contra mí. Te paraste, pero no muy rápido, y te quedaste de frente a mí. Pará, dijiste mientras tocabas tu hombro con la oreja como si tuvieras un calambre. 

‘¿Por qué no?’

‘No sé’, me dijiste. Y supe que tenía todo ganado.

Me acerqué a besarte y dejaste que te tirara en la cama. Cuando empezaba a levantarte la blusa te levantaste otra vez, con la fuerza suficiente para que te soltara pero sin la brusquedad que habría marcado el acto como definitivo. Te quedaste un segundo frente al espejo al lado de la cama. No pasa nada, te dije cuando ya estaba abrazándote por atrás y te recorría de la clavícula a la oreja con los labios. Gemiste ligeramente y me agarraste las manos cuando te apreté el brasier.

‘Ya es tarde, Nicolás’, objetaste cuando volviste a soltarte.

‘Quédate’, repliqué, sin volver a besarte, y me anticipé a tus miedos: ‘Te juro que no va a pasar nada que tú no quieras’, te dije serio.

Te sentaste en el borde de la cama, sin ninguna intención de salir.

‘No va a pasar nada. No voy a quitarme el pantalón’, reiteraste.

‘Está bien. Si quieres solo dormimos’

Por supuesto que no cumpliste tu promesa, ¿fue pasión o solo debilidad? Seguiste todo el ritual de que te prestara pasta de dientes, acomodaste tus zapatos, el suéter, y te metiste a las cobijas, pero diez minutos después de que supuestamente íbamos a dormirnos los dos estábamos en ropa interior. Volviste a decirme que no pasaría nada más. Está bien, te tranquilicé, no pasa nada, y me dormí abrazándote.


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