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Gavina Falchi

La mujer habitada

CARACAS: La historia que se narra en “La mujer habitada”, de Gioconda Belli, envuelve y seduce desde sus primeras líneas; es una de esas historias capaces de hablarle al corazón… y después se la lleva uno en la piel, como la caricia de un vestido o el aroma discreto de un perfume. La leí de un solo tiro. Primero, cargando unas cuantas páginas impresas afanosamente y tiradas de prisa en la confusión de mi cartera, en la espera impaciente de tener un tiempito y un silencio para leerlas, devorarlas más bien, con furia, como de costumbre; después, ya conquistada, siguiendo la lectura en la computadora, incapaz de esperar el regreso de mi amiga que me traía la versión original, de España.

La mujer habitada es la historia de Lavinia, joven y bella arquitecto nicaragüense que, después de sus estudios en Europa, vuelve a su país de origen para enfrentarse por primera vez al dolor apremiante de su tierra, hundida en el pantano insidioso de una dictadura y de miles de injusticias sociales y de severos atrasos culturales. Una lenta toma de consciencia la llevará a dar un vuelco total a su educación conservadora y burguesa para abrazar la causa guerrillera del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). En este tránsito hacia una realidad tan cruda y distante de su mundo, Lavinia conocerá el amor y, además, tejerá una increíble sintonía con la vida íntima de una antigua y hermosa guerrera india, Itzá, cuyo espíritu y esencia habitan ahora en un hermoso naranjo que florece en el jardín de su casa, acompañando y guiando el “florecer” personal de la joven mujer.

Detrás de la imaginaria “Faguas” se intuye claramente Managua, con su cerro que domina la ciudad, el lago, sus atardeceres encendidos, sus aguaceros monumentales, las “quintas” de los ricos pegadas de los barrios pobres; aquella eterna división entre “nosotros” y “ellos” que marca dos mundos inconciliables que, sin embargo, conviven bajo el imperativo de una cercanía inevitable. Pero Faguas podría ser tranquilamente Caracas, Ciudad de México, Panamá u otra cualquiera de estas fascinantes y difíciles capitales de Centro y Suramérica, tan particulares, tan subyugantes en sus irredimibles y dolorosas contradicciones… Su clima único, su vegetación, sus aromas inconfundibles marcan irreversiblemente el alma de las personas. Nacer aquí, o respirar estos febriles vapores tropicales, nos hace diferentes o – quizás – se hace diferente, a estas latitudes, la percepción del mundo.

No sé… a menudo he pensado que esta naturaleza, tan exuberante e indomable, sugiere y favorece los excesos. Todo aquí resulta agigantado, multiplicado, en el bien como en el mal. Bajo el sol del trópico estallan las más abrasadoras pasiones, pero hierven también las más tremendas contradicciones, las injusticias, las divisiones insuperables. Todo resulta extremo, difícilmente contenible y hasta asimilable por una mirada extraña y no lo suficientemente generosa… Aquí – pero no sólo aquí, en realidad – hay que abrir la mente y disponer el alma…

Me fascinaron los monólogos de Itzá, maravillosa guerrera india, espíritu libre y noble, amalgama perfecta de delicada feminidad y fuerza extraordinaria. En ella parecería realizarse, al fin, el íntimo anhelo de toda mujer, aquella plenitud, aquella totalidad tan difícil de alcanzar o tan sólo rozar por un instante: ¡ser mujer y hombre al mismo tiempo! En la fusión mágica de unas almas semejantes en su esencia, aunque sutilmente diferentes, Itzá recompone esas diferencias en un solo, magnífico ser espiritual que se vuelve, después, árbol (¿quién sabe por qué un naranjo y no, más bien, un mango?) de raíces hondas y ramas que se elevan hacia arriba y miran al infinito…

Siempre me ha molestado la idea tradicional de la feminidad asociada a la fragilidad, a la debilidad, a la dependencia y, en cambio, me seduce la idea de una feminidad, como la de Itzá, que es igual a fuerza (no necesariamente física…), a capacidad de comprensión (en el sentido más amplio de inclusión), de cálida acogencia, de generosa abundancia… Encuentro, en este sentido, muy femeninas las mujeres latinoamericanas. En ellas, por lo general, se conjuga muy bien y sin aparentes conflictos culturales, el ser mujer en la plenitud de la seducción y de la maternidad al mismo tiempo, sin que estos dos aspectos susciten conflictos, incomodidades, choquen o prevalezcan uno sobre el otro, en una mezcla equilibrada y serena.

La escena de los pies, aquella en que Lavinia sentada en una escuálida sala de espera de un hospital público observa los pies cansados y toscos de las mujeres “del pueblo” sentadas frente a ella, y los compara con los suyos, finos, pequeños y cuidados…me pareció devastadora.

La distancia y la discriminación entre las clases sociales, aquí también, en nuestro país, empiezan de manera evidente y cruel por los rasgos físicos, y ésta es una triste verdad que toda América Latina comparte. La pobreza es un animal desgarbado y feroz que vaga, torpe y pesado, por las calles. Y sus pies son toscos, ásperos, descuidados, deformados por el peso de la fatiga y sucios del polvo negro de la injusticia. Hablan de orígenes humildes (el ADN pareciera tener buena memoria…), de kilómetros a pie, de infinitos escalones bajados y subidos en la soledad de las madrugadas y en la oscuridad de la noche para encaramarse una y mil veces en el cerro, en días siempre iguales, sin sueños ni esperanzas, con la barriga protestando por el hambre eterna y el miedo de que una bala perdida termine con esos días, aunque sean llenos sólo de ausencias y zozobra…

Con el tiempo, la pobreza ha extendido cada vez más sus garras maléficas también sobre nuestra ciudad; con el pasar de los años, especialmente los últimos, ha logrado penetrar inclusive en espacios que antes se le prohibían; ha logrado cambiar la vida de quienes, hasta hace nada, habían logrado mantenerla a raya… pero ahora es ella la que manda, descarada, prepotente, altanera, sin frenos ni obstáculos.

Miro a mi alrededor, levanto la mirada en el Metro y me cruzo con miradas apagadas, ojos enrojecidos, pieles manchadas y arrugadas, ropas desaliñadas; me aferro con fuerza a las barras metálicas del vagón y mis manos pequeñas, blancas, rozan imperceptiblemente otras manos, a menudo morenas, ásperas, resignadas; a veces son también manos de mujer, las uñas rotas, dañadas, con restos de pintura, testigos de algún remoto asomo de ingenua coquetería… La miseria, pienso entonces, tiene prisa, también en éste, el país de las misses; no admite tiempos ni espacios para embellecimiento ninguno, las prioridades son otras…

Miro los niños y las niñas, bellísimos, las pieles todavía lozanas, los dientes sanos, blanquísimos, las miradas despiertas y me pregunto hasta cuando mantendrán ese aspecto dichoso, ese aire efervescente y confiado… la vida está allí, los espera a la salida del Metro. Pero tal vez para la mayoría el futuro no será sino una larga lista de dolores y pérdidas, de arrugas prematuras, de barrigas no deseadas, de pies sucios y descascarados, de renuncias y abusos de toda clase.

Uno no escoge donde ni como nace… pero ese donde y ese como pueden de veras hacer la diferencia…


Photo Credits: Alex

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Estela
Estela
5 years ago

Esto que leo está bellamente explicado!!!! Todo,absolutamente Todo lo expresado en esta nota, yo también lo sentí y pensé «sentipensares»- como diría el escritor Eduardo Galeano ….bello

gianni
gianni
5 years ago

Excelente.

ANNA MARIA
ANNA MARIA
5 years ago

Bellisimo !!!!

irma sig
irma sig
5 years ago

Oohh que bello lo leído . Quiero conseguir ese libro. Trataré en mi país Argentina di esta. Me urge su lectura. Bendicionrs.

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