Pobre Fabián Soberón. El otro día me habló de su afición por la crónica, ese género bastardo que ha alcanzado un status estelar. Gran e ingenuo amigo: Soberón deambula encandilado por esa ilusión que ha sido atrapada por las luces vanas.
Y pensé –y no se lo dije– que los escritores viven ilusionados con la libertad de la imaginación y que no saben que viven prisioneros de sus ideas. Pensé que los cronistas creen que pueden trasladar al papel la roca viva de la realidad. Como si fueran perros de Pavlov, ladran ciegos motivados por un reflejo mudo, embelesados por la utopía de copiar el presente, devorados por la fugacidad del presente.
Pobre amigo Soberón.
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