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Fidelio es la única ópera que compuso Ludwig van Beethoven (Opus 72). La estrenó sin mucho éxito en Viena a finales de 1805, luego de lo cual, como hizo con tantas otras composiciones suyas, la revisó en dos ocasiones: en 1806 y en 1814, recibiendo la aclamación final del público. Es una obra que corresponde a su período de transición entre el clasicismo y el romanticismo, y supuso grandes sacrificios para el compositor que ya acusaba los estragos de su sordera. Durante la temporada operística 2015-2016 fue la tercera más popular de Alemania con 560 representaciones, y la 37° en el ámbito mundial. 

En esta etapa de transición hallamos a un Beethoven angustiado por los temas de la libertad y la justicia, que son, junto al amor, la tríada que soporta conceptualmente a Fidelio. El compositor concibe estos tópicos en el marco de la lucha heroica, lo cual se nota en las dificultades vocales con que los cantantes deben asumir la difícil partitura que el genio alemán dispuso para sus personajes principales. 

La trama se desarrolla en una cárcel de Sevilla, hacia finales del siglo XVIII –valga decir que, según el poeta español Juan Antonio González Fuentes, la capital de Andalucía es la ciudad más recurrida en argumentos operísticos–. Allí don Pizarro, por razones personales, retiene injustamente a Florestán, quien ha sido dado por muerto y cuya humanidad va mermando por la escasez de alimentos. Su esposa, Leonor, se ha disfrazado de mozuelo (Fidelio) y se ha empleado al servicio del carcelero Rocco con el fin de liberar a su amado. 

La ópera comienza en el hogar de Rocco. Su hija Marzelline canta feliz porque está enamorada de Fidelio, el nuevo ayudante de su padre, luego de haber desdeñado la propuesta de matrimonio de su fallido enamorado, Jaquino, otro guardia asistente. Leonor sospecha por boca del carcelero que en las mazmorras del sótano se halla su esposo y pide ir allí diciendo que «por una gran recompensa, el amor es capaz de sufrir grandes tormentos», frase que Marzelline malinterpreta como dirigida a ella, en el error de creer que el gendarme también la ama. Una escena deliciosa en la que los tres, mirando en una misma dirección, atisban futuros distintos. 

Al cabo llega el fiero don Pizarro precedido por una marcha y conmina al carcelero para que asesine a Florestán antes de la venida del ministro don Fernando, quien supervisará la prisión, pero el celador se niega, por lo que el gobernador decide matarlo por sí mismo, luego de pedir que se anuncie la arribada del insigne visitante con una trompeta, a fin de acometer el siniestro plan sin errores. También ordena que se le avise cuando la tumba esté cavada con el fin de bajar a perpetrar el crimen. 

Fidelio comprende que debe actuar con celeridad, y entona un monólogo que es una contemplación magistral de la maldad y la bondad humanas: «Veo brillar un arcoíris que reposa luminoso sobre nubes oscuras. Brilla tan pacífico que refleja viejos tiempos y apacigua mi sangre enardecida. Ven, esperanza, no dejes languidecer la última estrella. Por lejana que esté, el amor la alcanzará». Luego va donde Rocco y le convence de que deje salir a los reos a tomar aire fresco al patio. Ya fuera de sus celdas, los presos cantan ¡Oh, qué alegría!, un himno a la libertad olvidado hoy, mientras Leonor busca sin éxito a su esposo entre los presidiarios. El acto I finaliza cuando el carcelero le cuenta a Fidelio que ha conseguido permiso del gobernador para que baje a la mazmorra de Florestán a cambio de que se case con su hija. El precio será muy alto: cavar, con ayuda del celador, la tumba del amado. 

Al inicio del segundo acto, un Florestán debilitado clama a Dios, mientras cree ver un ángel con la forma de Leonor que viene a liberarlo. Luego se desmaya. Rocco y Fidelio bajan a cavar el sepulcro y lo hallan en el suelo. Estando la sepultura concluida, el reo despierta y Leonor se turba al verlo. Le da pan y vino sin que el convicto la reconozca a causa de su disfraz. El celador da aviso a don Pizarro, quien se presenta y pide a Fidelio que se retire, pero este se oculta. Cuando el gobernador se dispone a apuñalar a Florestán, Leonor se interpone revelando su identidad y apuntando con una pistola a Pizarro, sorprendiendo a todos, a su esposo el que más. En ese momento suena triunfal la trompeta que anuncia la llegada del ministro don Fernando y los esposos cantan su salvación: «El amor y el coraje, juntos, nos salvarán». 

Los prisioneros son conducidos al patio de la cárcel y allí se encuentran con sus esposas, madres y hermanas: Fidelio es un himno a la mujer como baluarte de la libertad, la justicia y el amor. Don Fernando se apersona, anuncia el fin de la tiranía y libera a los reos, no sin sorprenderse de hallar vivo a Florestán, «el noble que luchó por la verdad». Rocco habla del complot del gobernador y de la audacia de Leonor, ante el desconcierto de Marzelline. Pizarro es encarcelado y la conclusión de la escena no puede ser más alegórica: el ministro entrega a Leonor las llaves para que desate las cadenas que aún castigan a su esposo: «Solo a ti, noble dama, corresponde liberarlo definitivamente». El final de la ópera es una alabanza al amor, la justicia y la libertad, pero en la perspectiva de Beethoven, el amor es el soporte de la lucha por las otras. Solo a aquellos que sean capaces de unir el amor y el coraje les estará reservada la trompeta libertadora de Fidelio 

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