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daniel g campos
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El Brooklyn 68 en febrero

Hay mañanas en las que la suave luz de mi Sol de invierno la ilumina y siento ganas de acariciarle el rostro terso y blanco como las nubes y mirarla a los ojos cerúleos y decirle: ¡Vida, sos tan linda!

Cuando empieza así el día, como hoy lunes de carnaval en el que fui a trabajar, noto ciertos detalles que esa Vida me regala.

Por ejemplo, en el bus B68 con rumbo a Coney Island, una abuela lleva a su nieto dormido en brazos. En su parada, se levanta con dificultad del asiento, se baja del bus y camina por la acera, llevando al niño con ternura y suavidad para que no despierte. Ella es alta, gruesa, blanca y se tiñe las canas de rojo. Él tiene las manos blancas y el cabello cortito negrísimo. Duerme confiado, apoyando su rostro en el hombro de su abuela.

O por la tarde, en el B68 de regreso a Windor Terrace, un hombre joven, de quizá veinticinco años, alto, blanquísimo, ojos azules y diáfanos, se sube con sus dos hijas. La mayor, de dos años, lleva un abriguito marrón estampado con animalitos de colores. Su rostro es níveo, excepto por el rubor de los cachetes. Sus ojos son cristales celestes. La bebita va colgada en un canguro del pecho de su papá. Su abriguito azul tiene capucha. Pero la capucha es muy grande para su cabecita. Cuando gira la cabeza para mirar a los lados, la capucha sigue mirando hacia el frente. Por algunos segundos me mira con sus zafiros y le sostengo la mirada. Pero es muy bebita aún. Mira azorada todo lo que hay en el bus pero sin enfocarse. Entonces el papá le empieza a dar besitos en los cachetes y sonreírle. Y ahí sí, enfoca su mirada en él y le brota una enorme sonrisa.


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