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Eduardo

No me es suficiente acudir al “nunca le hizo daño a nadie” de rigor, “tenía la vida por delante”, “estaba lleno de sueños” … el horror me duele hasta las lágrimas y la negación gruñida. Y es tanta la zozobra país, emocionalmente instalada, que alcanzo a pensar más allá de lo personal, en la cantidad de gente que articula esas frases hechas en el día a día en Venezuela… “era buen estudiante” … “estaba recién casado” … “quería irse del país” … todo eso conjugado en pasado.

Todo eso y más, porque a este muchacho de mirada lenta y transparente, lo vi crecer. Lo vi asumir su diferencia y sus particularidades, hasta hacerlas valer con toda su calma, y con todo derecho se interesó más en lo que imaginaba que en lo que se esperaba de él. En la filosofía y el teatro, y era lo que era, vecino, amigo de los amigos de los vecinos y los niños de su calle, cuando él dejó de ser niño pero todavía jugaba a ser Acuático, luego Acústico, ya todo un hombre de espíritu libre para cambiarse el nombre y tener novia.

Hasta que de pronto, una tarde cualquiera de Caracas, el atraco cualquiera de Caracas, el empujón, los dos tiros en el cuello, en la Caracas de cualquiera, la terapia intensiva, que ni juntando los ahorros de toda la familia, de toda la vida, lo perdonó la muerte.

Ya sin esperanzas que buscar en el hospital, no llegaba la justicia para trasladar al cuerpo que quedó, y así pasaron los días mientras aumentaba la cuenta, entre la deuda y el papeleo, sin espacio para el luto. Cuando finalmente lo trasladaron a la morgue, se equivocaron los familiares y vecinos y amigos al pensar que estaban más cerca del merecido velatorio y la paz a sus restos. Los asesinados diarios en Caracas son tantos, que las colas son interminables, en el intento que hacen los familiares por recuperar a sus afectos de la pila de cadáveres.

Y así siguen pasando los días, y hasta aquí han alcanzado los hechos que dan lugar a esta crónica, que ha herido mi calle con una honda tristeza, al vecindario que se mantiene familia a pesar de los muchos que ahora sobreviven emigrados por el mundo, estamos todos tristes, en los días que no se detienen, dimes y diretes, la historia sigue, pa’tras y pa’lante, los viejos entierran a los jóvenes, que así es como va la historia ahora en Venezuela, donde lo que no es lo mismo es igual, sin el más mínimo derecho a imaginar el desenlace. Sólo a veces intuimos por dónde van los tiros, y cada quien hace lo que puede para ponerse a salvo, pero en realidad, nadie sabe, todos creen, nadie cree, cualquier cosa puede pasar, mientras juzgamos, decimos y opinamos a diestra y siniestra, el país vive de la sospecha, nadie se salva, todos se sienten con derecho a acusar, desesperadamente, airadamente, virtualmente, desmedidamente… zarpazos de los restos de lógica que nos queda y trata de entender, unas cuentas que no cuadran, unas imágenes que no concuerdan, unas declaraciones que oscurecen cuando aclaran, buenas intenciones que parecen malas, contrarios similares, medias tintas enfrentadas a los extremos, honestidad maltratada contra la inteligencia importada, esfuerzo incomprendido y mal pagado contra la mentira instaurada ¿o son verdades ocultas?… En Venezuela lo único que parece cierto es la muerte, ¡nojoda!

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