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Donde no querría vivir

¿Qué es la verdad a la hora de la muchedumbre?
un brillo que resplandece bajo tierra.

Esdras Parra

Una carta comenta la entrevista en la que a la pregunta ¿Dónde no querría vivir? La escritora colombiana Piedad Bonnett responde: En Venezuela, en estos momentos.

Se ha compartido buena mesa y mejor papel pero ya casi nadie puede seguir recibiendo, sigue la carta. Ni las pasiones ni los negocios, ni el protocolo del cariño, nos evitan el apuro acumulado en cada intento de evitarle a amigos lejanos la estridencia de la tristeza del venido a menos obligado a comerciar con lástimas o a disimularlas.

Cómo guardarles una mermelada que no tenga fecha de caducidad. Cómo callar meditaciones sobre el enemigo del futuro que supuestamente es la riqueza petrolera; cómo ofrecerles subsidios, ediciones, camas, libros y ahora escoltas y otros escudos que les ahorren el inventario de la crueldad silvestre. Cómo transformar en literatura el asombro con el reciente descubrimiento de que también en las barriadas se puede tener modales, no únicamente morir. Cómo ocuparse de que la empresa privada cuide lo mejor que pueda al escritor y que las almas escrupulosas y débiles no se corten porque en las dictaduras el estado siga financiando parte de los espacios donde luchar contra la dictadura, leyendo, escribiendo, disertando, enseñando, editando y viviendo aunque sin el brillo de otras administraciones.

Mientras leo la carta recuerdo que en la obra de escritores venezolanos de mi infancia han estado los escenarios desollados y el duelo secreto de las humillaciones. Adónde ir a buscar verdades, si un asunto tan humano se distrae entre patadas y mordiscos ideológicos.

Antes sabíamos que la brecha se abría y las piernas no alcanzaban para esos saltos intentando un puente con la naturaleza que nos echaba su aliento en los hocicos maltrechos y aquel duelo repugnante con el que solamente las novelas se atrevían. La verdad se evaporaba pronto en la opinión del ganador de una elección. El arte contemporáneo nos protegía con sus brindis de inversionistas y académicos puliendo a los invitados de prestigio y empujando el trago amargo exhibido en la galería. Trasvasado al arte se vendía, para comprar un poco de tregua. Lo brutal no era más que vida a secas. La mala gestión con la sociedad dominante debía parecer un asunto de torpes.

Somos de cuando era un orgullo que de puertas afuera no se viera el pleito soterrado por los presupuestos, ni la confiscación de la vida privada que solamente la literatura revelaba. Personas que se escriben cartas.

Y también somos de ahora. Esto no es una feria de autores vivida como un safari, con entrada libre a un museo del crimen más morboso. Mientras dura, cada quien se aferra a sus versiones de una manera de estar. Rituales de patrimonio con ciudades cultivadas entre hojas grandes, para los mayores, itinerarios libres para la lucha por el espacio, para los más jóvenes, pasillos temáticos para los de fuera. Se aferra y se suelta, una vez agotada la destreza de saber flotar sobre clavos ardiendo.

Nuestros autores se parecían a la narradora de la obra de Elena Ferrante, reportando con hábitos intelectuales de desclasados asuntos del vecindario profundo. Las páginas lanzaban una cuerda a personajes de mi especie, mujer asustada que no poseía, como los escritores, coraza para avanzar a paso tranquilo. Pero antes y ahora siguen preservando las ideas de fuerza del lugar, intento consolar en mi respuesta a la carta.

Cada quien conoce su propia armadura. El territorio sin país, instantáneo, tasajeado, se va recomponiendo en una tensión de memorias comunicativas desencontradas y un nosotros donde un yo asocia una idea con un lugar que arraiga y le pone cara a un tú que asocia otra idea con la misma clase de apego termina emborronándolo todo. ¿Dónde queda lo nuestro intercambiable, provisorio, cuando los poderes públicos sectoriales usan cada inventario grupal para desarticularnos demasiado pronto, al desatar de continuo mecanismos de tabula rasa? Lo malo es el insistente clavo y las quemaduras, subterráneo, la angustia que materializó a los otros dándole una forma de golem proveedor y verdugo.

Juntadas, las piedras de un yo instantáneo con las del nosotros paranoico, levantan un ellos aterrador, un hueco rellenado por una mezcla de los que acechan, con los que nos olvidaron y con los que no pueden siquiera visitarnos. ¿El yo no apela al nosotros, reunidos con los imaginados, porque estamos en el final de esas imaginaciones? Necesitamos otro mundo. Los de otros tiempos nos fuimos adelgazando convertidos en anécdota, noticia, tuit, sigue la carta. Torres y zoológicos abandonados, rastrojo y mal olor, los animales y sus árboles se mudan.

Cuidado con imaginar y llenar esto de lugares enajenados, pero entiendo que escribirnos para el olvido abona la vida de un territorio también a la deriva. ¿Si fuera bielorrusa me ahorraría el tener que sobrevivirme a mí misma?

Pienso que en el tiempo de los que me escriben desde allá, ni siquiera en el momento en el que alguien tuvo que pedir a cada revendedor de su zona un puñado de granos -hasta completar medio kilo-, o cuando esperó al final del día trozos sanos de verduras y frutas dañadas, ni cuando otro dispusiera guardar silencio sobre un cáncer para que no se organizaran colectas entre familiares y amistades me dijeron no quiero vivir aquí. Pero sí un cuándo dejarán de sacarnos la sangre que nos queda.

Cuándo dejarán de sacarnos, también se lo escucho a los amigos protegidos por sus inversiones globales o por el puesto heredado de otras generaciones ya borradas, porque cada una tiene su tiempo para fabricar y luego abonar con sus colosos derribados y desaparecer. La noche estrellada de todo el territorio baja hasta nuestras cabezas para lamer los moretones invisibles que ya no hay que tocar. Los impostores siempre ocupan el presente con sus cuerpos seductores, son los dueños del micrófono y de la industria farmacéutica que con todo el tiempo de su parte nos alejan de la escena donde empezamos, del mapa de un locus memoriae diseminado entre esquirlas metálicas y huesos que sueldan mal.

En la entrevista Bonnett menciona Autobiografía, uno de los poemas más citados de Luis Rosales, escrito después de sus guerras. Como el náufrago metódico que contase las olas /que faltan para morir, /y las contase, y las volviese a contar, para evitar/ errores, hasta la última, /hasta aquella que tiene la estatura de un niño/y le besa y le cubre la frente, /así he vivido yo con una vaga prudencia de/caballo de cartón en el baño, /sabiendo que jamás me he equivocado en nada, /sino en las cosas que yo más quería.

Como si volviéramos a la mesa celebrándonos, con un ejemplar de Morir por pensar donde le subrayo: Todo sobreviviente tiene la necesidad de su compañero imaginario. La compañera imaginaria es la voz más antigua que uno mismo.

Y ahora debo responder la carta con regalos, la visita de un Pascal Quignard de 2014 y de la última Piedad Bonnett. Confirmar antes la nueva dirección.


Photo Credits: Jan Murin

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