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Claudia Quigua: Todo proceso creativo es transformativo

Mezcla de curiosidad insaciable y burbujeante creatividad, Claudia Quigua, cineasta y artista multimedia, escudriña la cotidianidad y la transforma en arte. Originaria de Cali, Colombia, lleva en su corazón los colores del trópico y el calor de su tierra mientras que de Estados Unidos absorbió la organización y tenacidad necesarias para llevar adelante sus proyectos.

Recientemente fue seleccionada para participar en la Video Instalación Vidas en tránsito – Lives in Transit que fue presentada en el Lincoln Center en el marco del New York Film Festival. Producido por Global Lives Project, Vidas en tránsito, es un trabajo global que realizaron diferentes cineastas en diez países. Todos ellos tuvieron que filmar durante 24 horas la vida de una persona, sin interrupción, sin edición. Un día real, hora tras hora, sin maquillaje alguno. Un proyecto que es un himno a la dignidad humana, a la cotidianidad hecha de minutos que se van llenando de alegría, tristezas, cansancio y esperanzas.

El personaje de Claudia Quigua fue un carretillero, una de esas personas que recorren las calles de Cali y de otras ciudades latinoamericanas con una carreta y un caballo recogiendo y seleccionando la basura. “Son quienes hacen la diferenciada para nosotros”, dice con una sonrisa Claudia Quigua quien confiesa que para ella esa experiencia fue muy significativa.

– Crecí en Cali en los años 80-90, años de mucho conflicto. Mis padres, me sobreprotegían a pesar de mis protestas, y ahora entiendo con cuánta razón. Había zonas de la ciudad donde me era imposible ir y solamente cuando ingresé en la Universidad y comencé a estudiar comunicación social empecé a conocer ese “otro mundo” la ciudad desconocida, la Cali más pobre y más peligrosa. Lo hice con mi cámara; con el lente fotográfico capturé momentos de un universo distante de mi cotidianidad y sin embargo cercano a mí por ser parte de la ciudad en la cual nací y crecí. Ese recorrido me mostró cuán profundas son las desigualdades en América Latina, cuán divididas están las clases sociales. Pude también percibir el peligro del cual me habían protegido mis padres.

 

Claudia Quigua

 

Y, tras ese recorrido por las calles de una Cali para ti desconocida, en directo contacto con pobreza e injusticias sociales, ¿sentiste que algo cambiaba dentro de ti?

Entendí con mayor fuerza el poder que tienen las imágenes. Una imagen destapa hipocresías, muestra verdades. Crea inmediata empatía y puede ser el detonador de cambios en lo social y en lo personal. Yo veía, descubría y con la cámara transmitía emociones y sentimientos para que otros pudieran ver y descubrir junto conmigo. Creo que cualquier trabajo creativo responde a una necesidad de expresión y el proceso por el cual se pasa para lograr su realización es transformativo, a tal punto que, en mi opinión, ese proceso, el camino que recorres para desarrollar la idea, es más interesante del producto final.

 

A pesar de todo Quigua quería estudiar cine, y, si bien el cine independiente en Colombia haya nacido justamente en Cali con Luis Ospina y Carlos Mayolo entre otros, la Universidad de Cali no ofrecía esa posibilidad, así que decidió mudarse a Boston para ingresar en el Massachusetts College of Arts and Design.

– Allí tuve la oportunidad no solamente de estudiar cine sino de conocer y abrirme a las muchas posibilidades que ofrece la imagen en movimiento. Tuve profesores como Saul Levin considerado el abuelo del cine experimental, artista quien me inspiró mucho y me llevó hacia el mundo de las instalaciones multicanales.

 

Una de tus instalaciones fue presentada en el Art Takes Times Square y apareció en una de las vallas gigantes que caracterizan esa parte de la ciudad. ¿Cuáles son los retos que tuviste que enfrentar?

Fue muy emocionante ver una foto de mi instalación en una de esas pantallas. Fue una video performance multicanal. Se llamaba Cromofobia. Escogí a ocho diferentes personajes y lo único que les pedía era que reaccionaran al color que les iba a tirar encima. Al comienzo parece que todos reaccionan igual: se sienten incómodos, les arden los ojos. Sin embargo, al poco tiempo, empiezas a notar diferencias. Cada performer tiene un background diverso, una historia de vida muy distinta y eso empieza a manifestarse a lo largo del performance. Su color y tipo de piel también son distintos y es interesante notar los cambios en la textura que asume la pintura en el cuerpo de cada uno. Por ejemplo cuando resbala sobre la piel de la chica asiática cuyos poros son muy pequeños, la pintura pareciera transformarse en una capa de plástico. El reto más grande de un video artista es la limitación de espacios suficientemente grandes para exhibir sus trabajos y también la falta de equipos y presupuestos para su realización. Poco a poco pareciera que algo está cambiando pero el camino es todavía muy empinado.

 

claudia quigua

Cromofobia, por Claudia Quigua

Fascinada por las múltiples posibilidades que ofrece el trabajo con la imagen, Quigua explora sus distintas posibilidades creativas, pasando de lo experimental al documental.

– Mi carrera es muy estimulante, porque te introduce en un mundo tan amplio que puedes escoger y, si bien haya estudiado cine, prefiero considerarme una artista visual en una acepción más amplia.

 

Aún viviendo en Estados Unidos, Claudia no olvida su compromiso social y trabaja para algunas organizaciones sin fines de lucro enfocadas con particular atención en la educación.

– Una pasión que heredé de mi madre. – Confiesa con una sonrisa – Ella dedicó su vida a la educación en las comunidades indígenas y marginales. Recuerdo que de pequeña me llevaba a esas escuelas para que la ayudara en pequeñas faenas, limpiar, arreglar, organizar. Su objetivo era que yo viera que había una realidad diferente de la mía y que yo vivía una infancia privilegiada. Solo después entendí la influencia que tuvo en mi la dedicación de mi madre y su pasión por la enseñanza.

 

El trabajo dentro de una de esas organizaciones te llevó hasta Camboya. ¿Cómo describirías esa experiencia?

Fue una experiencia de vida muy profunda. La organización con la cual viajé a Camboya, The Grace House Community Center, ayuda a las familias locales no solo con la educación de los niños sino reforzando en los adultos sus habilidades vocacionales con el objetivo de permitirles autosostenerse. Yo fui con el objetivo de documentar visualmente su trabajo, algo para ellos muy importante pero que muchas veces, por cuestiones de presupuesto, no pueden permitirse. La historia de Camboya es muy sangrienta, casi todas las personas que encontré tenían a dos o tres familiares que habían sido masacrados durante la dictadura de Pol Pot. Fue un proceso muy emotivo lograr que me tuvieran confianza y me contaran la historia de sus vidas. Lo que más me impactó es su capacidad de resiliencia. Los camboyanos nunca pierden la sonrisa, te saludan en la calle aunque no te conozcan. Me recordaban mucho a la gente de mi ciudad, a esa calidez que se va perdiendo en Nueva York. Fue una experiencia que marcó también mi trabajo. Me enamoré de las posibilidades que tiene el trabajo documental.

 

 

Háblanos de tu experiencia con el proyecto que realizaste para Vidas en tránsito.

Es un proyecto hermoso que recoge videos realizados en diferentes partes del mundo. Yo propuse seguir a un carretillero, un zorrero, como lo llamamos en Cali. Una imagen que ha acompañado toda mi vida. Y sin embargo ¡qué lejos estaba de conocerlos de verdad! y ¡qué lejos estaba de conocer la realidad de las zonas donde ellos viven! Cuando empecé el documental el primer obstáculo con el cual nos enfrentamos fue la peligrosidad de la violencia común en el barrio donde el carretillero vive. No solamente corríamos el riesgo de que nos robaran los equipos, que eran muy costosos, sino que atentaran contra nuestras vidas. Como directora y productora pasé muchos sustos pero logramos construir una relación de confianza con los líderes comunitarios quienes nos ayudaron y apoyaron muchísimo.

 

24 horas con una misma persona, filmando cada momento de su día. Debe ser muy fuerte para quien lo realiza pero sobre todo para el personaje que debe aguantar el ojo implacable de la cámara sobre sí mismo.

Sí lo es. Es difícil para todos. Sin embargo él nos aceptó con gran apertura y simpatía y en la noche, junto con su esposa, nos abrió las puertas de su hogar con una calidez conmovedora. Para mi la realización de este proyecto fue transformadora porque entendí muchas cosas, por ejemplo lo superficial que eran ciertos comentarios despectivos contra la lentitud de las carretas en el tráfico ciudadano, o contra el supuesto maltrato del que son víctimas los caballos. Cuando ves lo dura que puede ser la vida de esas personas, lo poco que logran ganar tras tantas horas de trabajo, la relación profunda que hay entre él y el animal, entras en contacto con realidades que ponen al desnudo la distancia, no solamente social sino humana, que hay entre personas que habitan un mismo espacio. Hoy día hay una campaña para eliminar a los carretilleros, y quizás yo hubiera adherido si no fuera por esta experiencia. Ahora sé que sería dramático para esas personas perder su única fuente de ingresos.

 

 

Claudia Quigua, quien como muchos emigrantes, se siente parte del país en el cual vive, pero sigue teniendo en su corazón las calles, la música, los sabores y los perfumes que la acompañaron en el tránsito de la niñez a la adultez, no deja de buscar y experimentar. Pasó por la experiencia de la ficción con el cortometraje You Are What You Eat, crítica amarga al consumismo, representado por un hombre quien se va transformando en cerdo a medida que va comiendo. Hace poco descubrió la fotografía submarina, una práctica que la apasiona muchísimo. Otra experiencia que le permite añadir mundo a su mundo.

Mientras hablamos con Claudia Quigua, mientras descubrimos sus múltiples inquietudes y la apertura hacia la vida, y las nuevas experiencias, nos parece ver la piel de su alma, porosa, permeable. Y pensamos que, si pudiéramos realizar Cromofobia en la piel de las almas, la de Claudia Quigua absorbería la pintura por completo y la devolvería de distintos matices y colores, en un caleidoscopio infinito que se transforma y transforma.

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