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Aunque Ariel no convierte su tobo en una lavadora…

… todos lo vimos en la televisión: el tobo se movía como una lavadora apenas le echabas el jabón. Y la ropa salía pulcra, sin una mancha, impoluta a la vista de todo un país. Como era de esperar en este preciso país de inocentes que creen que se las saben todas, la gente salió presta a comprar el jabón confiada hasta instalar el tobo con agua lleno de ropa sucia, y echarle el jabón de la promesa… pero el tobo no se movió. ¿Será que le falta un poco más de jabón, tal vez…? Pero nada.

Ahí empezaron los problemas: ahora quiero que el portugués del abasto me explique o que me devuelva mis reales. El escándalo fue tal que aparecieron las letras minúsculas debajo del anuncio que seguía frenéticamente televisado en prime time. Una simple advertencia al borde inferior de la pantalla le pareció suficiente al anunciante para acotar el detalle de que lo que ofrecían no era verdad, de que ni que lo vieras con tus propios ojos podías creerlo. Y así hemos seguido haciendo historia televisada, sin aprender la lección.

Múltiples ceremonias de desagravio, rostros ofendidos, gestos municipales, decisiones de gobierno, dan carne a la pretendida ofensa que produjo haber cambiado unas imágenes de propaganda por otras vinculadas a lo histórico de libro de primaria. Ofensa vuelta verdad construida hasta la perversión con la transmisión del impúdico documental donde a “ciencia cierta” se puede ver el paso a paso de la profanación de la tumba de Bolívar e incluso de sus hermanas, en la programación del imperio mediático gobiernero. Dicho sea de paso, es curioso que semejante barbaridad estuvo a manos sólo de mujeres de bata blanca… confieso que no sé qué pensar de eso… ni de la guerra mediática de la oposición, cuando el nombramiento del nuevo cuerpo de ministros se transmitía en veinte canales a la vez, contados por mi control remoto.

Y si después de tres horas de cola “sabrosa” a la puerta de cualquier supermercado, cuando finalmente accedes a entrar, se acabó el papel toilette, la leche o el aceite prometido, eso se llama “guerra económica”, y con eso tienes para volver a tu casa contento aunque con las manos vacías, porque cuentas con una explicación. Y si con tu bebé recién nacida en brazos no te quieren vender la leche o los pañales porque no muestras la partida de nacimiento de la criatura, ni que tu número de cédula te acredite el día de compra con huella digital incluida, tienes que entender que eso no es maltrato sino parte de la lucha contra el imperialismo yanqui. Y resistir por el bien de todos, porque aunque lo veas con tus propios ojos, no es verdad que los anaqueles están vacíos, por eso no puedes tomar la foto porque vas preso. Tampoco debes resolver con algún bachaquero porque eso es contrarrevolucionario es decir, ilegal. Ni que tengas los reales para comprar la harina Pan diez veces más cara, porque has trabajado esmeradamente todo el año, tampoco puedes pensar en hacer un viaje porque los dólares son sólo del gobierno y el pago por tu esfuerzo no vale ni aquí mucho menos más allá. El exagerado montón de billetes devaluados que tienes que desembolsar para pagar cualquier cosa que compres por nimia que sea, te pone en situación de una manipulación de papel moneda digna de narcotraficante, produce una sensación inédita, tener tanto billete en la mano, muy probablemente te hace sentir millonario cuando lo que eres es cada vez más pobre.

El tobo no da vueltas, señores, el jabón no hace magia, seguimos cayendo muchos por inocentes. Ni que Kim Bartley gesticule su descarado “The Revolution will not be Televised”, ni que Charlie García abogue libertario por la restauración de la señal de Telesur en Argentina… el tobo ¡no da vueltas!

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