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Yorgenis Ramirez
Photo Credits: Hernán Piñera ©

10:00 A.M. Metro de Caracas. La costumbre ritual de abordar el metro rumbo a mis oficios laborales del día. Me atrevo, e insisto, en hacer del viaje un espacio de lectura. Me adentro en “El deseo y el infinito”, de mi hermano, poeta y ensayista, Armando Rojas Guardia. La numinosidad de Armando afiebra mis sentidos. Tropiezo con la siguiente máxima: “Eros nos desnuda”. Y mi viaje subterráneo se convierte en una meditación ardiente sobre el paso de Eros en mi vida. Personas, lugares, encuentros, diversos momentos emergen del río de la memoria, corporizando la experiencia sensorial en perfumada epifanía donde los sentidos danzan en gozo. Así viajo por unos minutos, desnudo, reconciliado con la belleza mística del universo.

Ceso la lectura, guardo el libro en mi bolso, me adentro a la experiencia del silencio que emerge del pertinaz ruido citadino acumulado en el vagón, ese lugar donde la vida se agolpa, ruge, tironea las vísceras, clama desde el sufrimiento algo de paz adentro. Percibir y gustar el silencio que emerge desde ese pequeño, más no insignificante jamás, infierno en rieles, es de los ejercicios espirituales que me brindan mayor consuelo. De pronto, noto la mirada escrutadora de un joven sobre mí. Me mira, viviseccionando cada gesto, movimiento, cada palabra de mi cuerpo, allí, en medio de la incertidumbre caraqueña: esa paciencia de asfalto y grito. Mi mente comienza a fraguar las sempiternas sentencias ante la perplejidad de estos días terribles: te van a robar, no deja de vigilarte, no te distraigas, acciona… Y mi cuerpo se prepara para el trance, ante el quizás de un robo que ya sucedió en mi mente.

Llego a Chacao, el joven me sigue, acelero el paso, él rigurosamente me adelanta. No tengo más opción que confrontarlo: amigo, ¿qué le sucede? ¿Necesita algo? ¿Por qué me sigue de ese modo? ¿Qué quiere? Preguntas que saltan a quemarropa sin más espacio que un segundo angustioso de por medio. El joven sonríe. Quedo desconcertado ante su gesto quemante, inesperado y rotundo. A lo que agrega: —cálmese amigo, no voy a robarlo. Disculpe el atrevimiento de seguirlo. Simplemente observé el título del libro que tan concentradamente leía y solo quiero preguntarle el nombre y el autor. Soy estudiante de Teología en la UCSAR, y me llamó poderosamente la atención la paz de su cuerpo al estar sumergido en esa lectura, aún más después de ella. Verlo fue sentirlo dilatado en una sutil gracia. Por eso lo seguí. No se puede dejar pasar de largo semejante paz cósmica.

Y quedé desnudo ante semejante confesión de Eros. La insólita cercanía de Eros me dejó así, en la fragante desnudez de una ceremonia trascendente, incluso mistagógica, donde mi cuerpo estuvo más vivo. Le di el nombre del libro y el autor al joven, intercambiamos algunas palabras, nos acompañamos en serenidad y auspicio hasta la salida del metro. Y cada uno siguió su rumbo, adentrándonos al misterio del mundo, como si el universo bailara por vez primera alrededor de nosotros. Y pienso, de modo definitivo: el mundo no es un fracaso, la derrota no tiene jamás la última palabra. Es la belleza del mundo lo que nos salva, reconciliándonos con la vida, con nosotros y cada uno, con la existencia toda, donde gravita sutilmente la amada presencia de Dios desnudo.


Photo Credits: Hernán Piñera ©

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